“Miguel Hernández nos dejó claro su compromiso: ‘para que venga el pan justo (…), aquí estoy, aquí estamos’”

EN VÍSPERAS DEL ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO de Miguel Hernández Gilbert, el 30 de octubre de 1910, y cuando se han cumplido 75 años de su muerte, que se produjo el 28 de marzo de 1942, se han sucedido distintos homenajes en su memoria, incluidos los de quienes fueron vecinos suyos en Chamberí, en Madrid. Su mensaje sigue siendo luminoso frente a aquella España que –como escribió Neruda– “le desterró a la sombra”. Otro oriundo de la Vega Baja del Segura, Jaime Ruiz, lleva un tiempo ocupado en ello desde las menciones del autor de “El rayo que no cesa” a algo tan cotidiano como la alimentación.

DE 1942 A 2017 NO VA TANTO. JAIME RUIZ, presidente de la Asociación de la Memoria Social y Democrática de España (AMESDE), de la Plataforma de Comisión de la Verdad (PCV) y, también, de la Sección de Educación del Ateneo de Madrid, ha recurrido a la gastronomía para recordarnos que hay prácticas populares que siguen tan ricas y eficaces como entonces, cuando Miguel Hernández las nombraba o cuando escribió las Nanas de la cebolla. Otros hábitos, contrarios a la sana convivencia, y de los que el poeta no logró escapar, también siguen ahí. ¿Hasta cuándo?

¿Cómo se le ocurrió su libro de recetas culinarias?

Este libro es para mí un ejercicio de memoria de los sentidos, dedicado a mis hijos y mi mujer, que nacieron y viven en Madrid. Trato de explicarles, desde los versos, paisajes y gastronomía a que alude Miguel Hernández en su obra, mi procedencia mediterránea. Quizás confíe en que el conocimiento del tronco y la tierra de origen otorgan savia que ayuda a entender la vida.

 

¿El título Garbera de recetas hernandianas a qué alude? ¿En que se distingue de otros recetarios?

El título utiliza un término castellano poco usual hoy, “garbera”, pero que es habitual en la huerta del Bajo Segura: en Orihuela, el pueblo de Miguel Hernández, y en el mío, Almoradí. Pretende ser un ramo, haz o gavilla, compuesto de geografía humana, momentos íntimos de Miguel y Josefina, en un entorno territorial y de costumbres características de su medio social en la apurada época en que vivieron. Entiendo que leer y comer son dos formas de alimentarse y que, si se aderezan con la memoria del poeta alicantino, se paladeará mejor el fruto resultante.

 

Desde que se publicó la primera edición, ¿sobre qué le han llamado más la atención los lectores de este libro? ¿La riqueza de la cocina popular? ¿El hambre de la gente y los modos más eficaces de remediarla?…

He oído y leído comentarios muy diversos, la mayoría con el denominador común de la sorpresa: sorpresa por el contenido del libro y también por quién es el autor. Utilizar las poesías de Miguel y su correspondencia personal, en combinación con las vivencias de quien escribe, no son ingredientes habituales en lo que suele leerse en nuestro país. A mí me ha permitido situarme en la tierra de nacimiento con gran naturalidad y afecto.

Uso la cocina popular, que es expresión de un conjunto de conocimientos y experiencias bien adaptadas al uso de productos disponibles a lo largo del año y que se han venido transmitiendo de generación en generación. La Península Ibérica es un mosaico de cocinas comarcales, más que regionales. Todas se han venido depurando hasta alcanzar registros infalibles en sus resultados. Han conseguido hacer de cada receta, por muy humilde que sea, algo más que un alimento: una buena comida en que a la acertada provisión de energía suele añadirse un grato placer, honesto y compartible.

El hambre es una maldición que ha perseguido al hombre, y en ocasiones ha sido utilizada como arma y castigo. Combatirla es un deber y hoy existe el reconocimiento de la alimentación como derecho. Esta plaga, fruto de la desigualdad y la pobreza, podría ser exterminada hoy y, sin embargo, este año ha vuelto a repuntar: las personas que pasan hambre son hoy 40 millones más que hace dos años y alcanzan la vergonzosa cifra de 815 millones.

En nuestro país, cuando Save the Children nos alerta de que uno de cada tres niños tiene problemas de exclusión, todavía hoy –80 años después de que a Miguel le conmoviera– tenemos por delante el reto y la obligación de evitar la dura existencia de los niños yunteros:

“/…./ Me duele este niño hambriento/ como una grandiosa espina,/ y su vivir ceniciento/ revuelve mi alma de encina” /…/

O la de los niños mal alimentados:

“/…/ Escarcha cerrada y pobre/ hambre y cebolla, hilo negro y escarcha/

grande y redonda” /…./

Leer y comer son dos formas de alimentarse y, si se aderezan con la memoria del poeta alicantino, se paladeará mejor el fruto resultante

Miguel nos dejó escrito bien claro su compromiso: “para que venga el pan justo a la dentadura/ del hambre de los pobres, aquí estoy, aquí estamos”

 

Por la cantidad de recetas que ha recopilado, ¿qué impresión del poeta cree que se harán sus lectores? ¿Con qué cree que conecta mejor ese cúmulo de sugerencias gastronómicas?

Miguel no presta atención especial a ningún recetario, pues era de comer austero. “La alegría de su boca” eran las ensaladas, y le decía a Josefina que le bastaba con tener “el pan justo del día”.

De Madrid le extrañaba la costumbre de los menús en pensiones y restaurantes. De Francia, le sorprendía el uso abundante de la mantequilla, que no parece le agradara mucho. Y sólo menciona algún plato especial en su correspondencia para celebrar algún acontecimiento. Josefina sí recuerda, en sus memorias y cartas a Miguel, sus experiencias iniciales y algunas otras concretas, más detalladas.

 

¿La Orihuela actual sigue teniendo mucho, poco o casi nada de la que vivió y padeció Miguel?

La Orihuela de hoy y toda nuestra sociedad actual no es la que vio nacer a Miguel; tampoco es la que, en su corta vida, conoció. La descrita como “sotánica y satánica” por Neruda no es la actual, aunque pudieran verse en su seno rasgos conservadores y tradicionales de un mundo que se niega a desaparecer.

Hoy, en este año de 2017, quien visite la tierra del poeta se encontrará con dependencias de una universidad que lleva su nombre, con una fundación cultural, con su casa natal abierta a muchas actividades culturales, gastronómicas y turísticas, que eran inimaginables en la época de Josefina y Miguel por aquellos lares.

Ha

El 

El hambre es una maldición que ha perseguido al hombre, y en ocasiones ha sido utilizada como arma y castigo

Si Miguel pudiera volver a su pueblo, ¿le gustaría ver tanto recuerdo como parece dedicarle actualmente a su memoria?

Bueno, interpretando atrevidamente la manera de pensar de Miguel y muchos de su generación, me inclino por decir que los hechos publicitados serían otros, quizás alejados de la instrumentalización turística y más sujetos al pensamiento y valores que transpira su obra; sobre todo, en El rayo que no cesa, Vientos del pueblo y en El hombre acecha o, también, en su primer libro de poemas: Perito en lunas. Hablaría de su poesía y sus obras de teatro, de la importancia de la cultura, la solidaridad y el compromiso, la libertad y la dignidad del hombre, que expresa en poemas como este:

/…./ “no, no hay cárcel para el hombre

no podrán atarme, no.

Este mundo de cadenas

me es pequeño y exterior

/…./

Libre soy. Siénteme libre

solo por amor”

Disfrutar de la poesía, de la música, de la pintura o de las artes en general supone creer que la vida del hombre no es sólo la rentabilidad competitiva

Como experto en memoria histórica, ¿qué sobra o qué falta –en general– en el recuerdo del poeta de Orihuela?

Más allá de los homenajes, nos corresponde exigir, desde su tierra, que se anule la ominosa sentencia que le condenó a muerte, quedando en suspenso la ejecución hasta tanto no se recibiera el enterado del jefe del Estado, el dictador Franco, quien posteriormente se dignó conmutar la pena capital por la inferior en grado, es decir, 30 años de cárcel al poeta.

Anular esta sentencia ilegitima es obligado para una sociedad que se recaba defensora de los valores de la democracia. Tengo presentes las palabras de Neruda: “Recordar a Miguel, que desapareció en la oscuridad, y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generoso y luminoso como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día sobre los azahares de su dormida tierra. […] Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo. ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpe de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen Arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”.

Hoy, Miguel no está presente solo en Alicante. Pero no le hemos quitado la pena de cárcel; no hemos anulado la sentencia de los vencedores de aquella guerra incivil en que los sublevados condenaron por rebelión a los defensores del Gobierno legal y legítimo establecido. Lo llaman algunos juristas rebelión invertida: “Los penados como rebeldes, de acuerdo con la propia legislación tenida en cuenta para condenarlos, no se levantaron contra el gobierno legítimo; eran sus juzgadores los que habían consumado la rebelión”. Sería obligado, por tanto, que hoy los ayuntamientos relacionados con la vida de Miguel y, en general, las instituciones de su tierra acompañaran los merecidos homenajes con el compromiso de pedir la anulación de su condena y, también, la de todos los condenados por defender la libertad en España.

En uno de los cuentos últimos que escribió para sus hijos parece haber una metáfora ingenua pero muy eficaz sobre la libertad: la referencia a los pájaros que aprenden a volar parece repetir la preocupación con que escribió muchos de sus poemas más célebres, como “Vientos del pueblo me llevan” o “El niño yuntero”. ¿En qué medida esos sueños de Miguel se han convertido en realidad?

Los verdaderos sueños de este “poeta del pueblo”, como le llamaron, aparecen en sus versos. El primero de todos, su condición de poeta: “Los poetas somos vientos del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros, y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo.” (“Dedicatoria a Vicente Alexandre”).

El segundo, su pasión y amor a los suyos. Josefina, como dejó patente en Cancionero y romancero de ausencias, está en su corazón:

“Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,

recibes entornadas las horas de tu frente.

Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra

tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente”.

Y el tercer compromiso, fue con su pueblo, con la II República y con la libertad:

” Vientos del pueblo me llevan

vientos del pueblo me arrastran

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta

/…./

Si me muero, que me muera

con la cabeza muy alta”.

El reto y la exigencia es transformar el actual sistema educativo para que sea de gran calidad para todos y no abandone a nadie en el albor de su vida

Hay en este poemario, Viento del pueblo (1937), múltiples referencias a su anhelo de otra España distinta de la que le tocó vivir. En un poema dedicado a la juventud, el poeta exclama: “¡Ay España de mi vida,!/¡Ay España de mi muerte!”. En su opinión, ¿sigue siendo actual esta dura contraposición?

La España que defendían los republicanos era la España democrática de su tiempo. La verdadera España era la del pueblo, el trabajo y la libertad. Compartía las palabras de Víctor Hugo: “La humanidad es la Nación definitiva del hombre”. La España republicana fue la primera en luchar contra el fascismo y el nazismo en Europa, pues no entendían la defensa de las libertades en un solo territorio. Los combatientes de España fueron, de hecho y pensamiento, combatientes por la libertad. Entendieron que la libertad sí tiene un precio, que no es otro que el del trabajo y compromiso por la dignidad del hombre. El deseo de Miguel para el mundo era que este fuera un huerto de paz y fraternidad. Sigue siendo plenamente actual

 

Hay, en fin, una referencia, en el poema 23 del mismo libro, a una personalidad por cuya voz hablaría “la España de las cordilleras, la de los brazos pobres y explotados”. Por ella “crecen los héroes llenos de palmeras…”. ¿Dónde estaría hoy esa voz o esas voces? ¿Es difícil oírlas?

Creo que estaría en la educación, en la posibilidad de potenciar las capacidades que todo ser humano es capaz de desarrollar, independientemente de su condición económica y social, de género o de cualquier otra índole. “La raíz del mal está en la ignorancia, el egoísmo y la codicia”, nos recuerda Emilio Lledó, quien la considera tan importante porque, además del desarrollo individual, entiende que condiciona lo que terminamos siendo como ciudadanos. En este sentido, y puesto que llevo varios años trabajando por que sea verdad, he de añadir algo en que también incide Lledó: “Somos memoria. Si empezáramos mañana en blanco, sería terrible, sería la muerte del individuo, la muerte de la sociedad”.

Disfrutar de la poesía, de la música, de la pintura o de las artes en general supone creer que la vida del hombre no es sólo la producción, la economía, la rentabilidad competitiva. Supone vivir el conocimiento y la creatividad; pensarse como un ser solidario y participativo, capaz de entender la política –la vida compartida con los demás de la “polis”– como cultura de la convivencia entre hombres y mujeres libres.

Si la vida se entiende así, el reto y la exigencia es transformar el actual sistema educativo, tan carente en este momento de muchas de estas características definitorias, para que sea de gran calidad para todos y no abandone a nadie en el albor de su vida. Esa transformación necesita el compromiso compartido de toda la sociedad, cuando tan publicitado está lo contrario. Es un reto difícil pero esperanzador. Para Miguel fue más difícil y, sin embargo, dejó escrito:

“Soy una abierta ventana que escucha,

por dónde ver tenebrosa la vida.

Pero hay un rayo de sol en la lucha

que siempre deja la sombra vencida”

Escribir comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Autoría

Imagen del autor

Manuel Menor

Profesor de Historia