Tiempo de lucha y reflexión

EL PASADO XII CONGRESO DE LA FEDERACIÓN DE ENSEÑANZA de CCOO celebraba el 25 aniversario de la constitución formal de su Secretaría de la Mujer, allá por el año 1992, aunque la preocupación y el trabajo por la igualdad de los sexos venía siendo una realidad desde años antes, junto con los inicios del movimiento feminista en nuestro país.

El reconocimiento de la realidad específica de las mujeres, el incremento de su participación, al menos al mismo nivel y en los mismos ámbitos que la de los hombres, la igualdad entre los sexos, desterrando todas las discriminaciones laborales, sociales y culturales y el fortalecimiento de la autonomía y la libertad para la expresión y la actuación femeninas, han sido los principales criterios que han presidido nuestro trabajo, a lo largo de los años.

Creo que hoy podemos decir que “en todos ellos hemos dado enormes pasos, pero aún siguen siendo objetivos por cumplir”, como se apunta en la presentación del dossier difundido por la revista TE, en relación con este 25 aniversario, tanto en nuestra organización -ya hablemos de la Federación de Enseñanza o del conjunto de CCOO- como en el ámbito social más amplio de nuestro país. Y a ello me quiero referir en estas páginas, reflexionando, a partir de algunos datos significativos, sobre lo avanzado y sobre lo pendiente y apuntando algunos riesgos que se nos presentan, en un tiempo clave, con una huelga feminista convocada para este 8 de marzo.

 

Lo positivo…

Comenzando por nuestra “casa”, en CCOO -en la Federación de Enseñanza, así como en el conjunto de la confederación- hemos llegado a un nivel de equilibrio en la participación de las mujeres en los órganos de dirección, obligado por nuestros estatutos y asumido ya por toda la estructura sindical. Por citar solo una muestra significativa, en la Federación de Enseñanza de CCOO tenemos siete secretarias generales y todos los órganos de dirección son paritarios. Quedan lejos los tiempos en que se cuestionaba la existencia de secretarías de la mujer; por el contrario, su trabajo y su prestigio se incrementan más y más cada día.

En el mercado laboral, hemos pasado de tasas de actividad femenina de poco más del 20 % (1964, con la primera Encuesta de Población Activa) al actual 53,33 % (EPA 2017T4).

En la participación política: desde las 27 mujeres diputadas y senadoras que fueron elegidas en las primeras elecciones democráticas de 1977, hemos pasado a 235 en las últimas, de 2017. Algunas mujeres están siendo, además, cabezas de lista de sus respectivos partidos o portavoces parlamentarias, desarrollando un magnífico trabajo de representación.

En lo relativo a la formación académica, en el curso 2015-16, en todos los niveles de estudios universitarios (grado, máster, doctorado), hay más mujeres egresadas que hombres. En los estudios de grado, 108.805 mujeres frente a 72.189 varones, por ejemplo.

Hemos conquistado amplios campos de libertad, especialmente en el terreno de la sexualidad. Hemos conseguido el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, sobre nuestro embarazo, y a tener la posibilidad de interrumpirlo si lo deseamos, a pesar de la poderosa Iglesia católica, que sigue pretendiendo su eliminación.

Hemos conseguido que se aprobaran leyes favorables a las mujeres, como la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género y la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres.

Es necesario señalar, asimismo, que hemos desarrollado en nuestro país un movimiento feminista muy importante, que, mediante la persuasión y, en ocasiones, la transgresión, ha cuestionado mentalidades y comportamientos machistas, que ha ganado cuotas de poder y que ha conseguido que la sociedad en su conjunto considere negativa la discriminación femenina. Durante todos estos años el movimiento feminista ha desarrollado importantes movilizaciones, especialmente denunciando la violencia machista, el aspecto más terrible en el que se plasma la discriminación de las mujeres, con el que ha conseguido un gran apoyo y participación social. Pero no solo: las últimas celebraciones del 8 de marzo han contado con una magnífica expresión en la calle, en las actividades en los centros de trabajo, culturales, ciudadanos y escolares, de miles y miles de mujeres y hombres, teniendo este 2018 una excepcional manifestación mediante la huelga feminista. Acciones todas ellas que muestran una buena salud de la fuerza con la que exigir los derechos de las mujeres.

 

La otra cara de la moneda

En cada uno de los aspectos del repaso anterior -así como en muchos otros-, queda aún mucho por conseguir. Si hablamos de CCOO, aún las cabezas visibles son mayoritariamente masculinas, aún no hemos conseguido la paridad en todos los aspectos de la participación, aún las responsabilidades de las mujeres son de menor importancia que las de los varones, según los criterios sindicales…

Aún queda lejos la igualdad en el ámbito laboral: la tasa de actividad masculina es más de diez puntos mayor que la femenina, 64,57 % (EPA 2017T4). Las mujeres tenemos contratos más precarios que los varones: casi el 24 % de las mujeres ocupadas tienen una jornada a tiempo parcial, mientras solo el 7 % de los varones; las mujeres superan a los hombres en 2 puntos porcentuales en contratos temporales…

Las tareas domésticas siguen siendo, mayoritariamente, de responsabilidad femenina y el trabajo de cuidados descansa en nosotras, dificultando una mejor inserción laboral.

Somos más mujeres en la universidad y con mejores resultados, pero si observamos las ramas de estudios, las mujeres son muy mayoritarias en todas, excepto en la de Ingeniería y Arquitectura, donde no llegan al 30 %, precisamente los estudios más prestigiados socialmente y que más y mejores salidas tienen al mercado laboral: los estereotipos de género se mantienen.

El sistema educativo es el ámbito de menor discriminación hacia las mujeres, el más amable con nosotras. A pesar de ello, como decimos en la publicación Proyecto Orienta. Segregación de género en el sector industrial. Estrategias educativas y laborales (editada por CCOO Industria y CCOO Enseñanza), “junto al mantenimiento de los estereotipos sociales, que adjudican diferentes tareas a mujeres y a hombres, y que están influyendo notablemente en la realidad que describimos, tenemos que considerar el hecho de que el sistema educativo adolece de falta de un compromiso real con el objetivo de igualdad entre los sexos y, por tanto, no se plantea un trabajo específico para evitar que chicas y chicos opten por una salida laboral forzosa, ya que es la “apropiada” para su sexo, en lugar de animarles a la elección de la que se correspondería con sus gustos, capacidades personales y, por qué no, también a las necesidades sociales y a las demandas del mercado laboral”.

Los avances legislativos han sido importantes, pero igualdad legal no es igualdad real y en el caso de las mujeres esta aseveración resulta muy evidente. Si las leyes no se acompañan de verdadera voluntad -política y casi siempre económica- no obtendremos los resultados que en teoría dicen perseguir. Ejemplo claro es la ley Integral. Así, el documento “Análisis y propuestas de CCOO para combatir la violencia de género”, de octubre de 2016, señala: “Desde CCOO denunciamos déficits en la aplicación y evaluación de la LO 1/2004, favorecidos por las políticas de austeridad y el fuerte recorte en recursos y dotaciones presupuestarias, y por la parálisis de la actividad de los organismos específicos: el Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer, el Instituto de la Mujer y de Igualdad de Oportunidades y el Consejo Estatal de Participación de la Mujer”.

Muchos son, por tanto, los aspectos por los que seguir peleando. Y en esa lucha se nos presentan algunos riesgos, tanto para el colectivo como para cada mujer individualmente considerada.

 

Riesgos y retos

A lo largo de todos estos años, las mujeres hemos avanzado en igualdad y en libertad, conceptos que no pueden sino ir unidos, pues de nada nos sirve tener derechos en igualdad con los hombres si no tenemos la autonomía y la libertad para decidir sobre cualquier aspecto de nuestra vida, si no se nos considera “mayores de edad”, si se nos pretende tutelar y sobreproteger. Recordemos las leyes franquistas que, con la excusa de proteger a las mujeres del trabajo nocturno, del taller y de la fábrica, nos apartaban del ámbito público y nos condenaban a la dependencia del padre o del marido.

Y si hablamos de libertad para las mujeres, consideremos que cada mujer debe poder manifestarse como desee. Que cuando rechazamos los estereotipos impuestos, tampoco conviene establecer un nuevo estereotipo “feminista” de mujer, que los modelos de género -no importa desde qué presupuestos se establezcan- cohíben la libertad personal y normativizan identidades y comportamientos, generando malestar individual, marginación y exclusión social.

La libertad sexual es uno de los aspectos que hoy pueden ponerse en peligro. La necesaria lucha contra el acoso sexual puede llevarnos a traspasar la línea que separa un comportamiento abusivo y rechazable de uno que pretenda la relación libre y placentera y puede llevarnos a cuestionar cualquier manifestación de seducción o flirteo como síntoma de abuso o violencia.

La violencia machista es uno de los grandes problemas que sufren muchas mujeres. Y para combatirla -al margen del obligado castigo al violador o maltratador- son necesarias múltiples medidas sociales de carácter integral -educación, sanidad, medios de comunicación…-, eficientemente aplicadas, eso sí, además de la construcción de una sociedad que aprenda a resolver sus conflictos de forma pacífica. Pero es muy importante que el feminismo no presente a las mujeres como víctimas pasivas, permanentemente susceptibles de ser atacadas, sino que, por el contrario, su lucha sirva para darles armas que les refuerce su disposición para decidir sobre su vida y para perseguir sus deseos en todos los ámbitos.

El feminismo que hemos puesto en pie en la España de la Transición, que rompió moldes y barreras, que recogió lo mejor de la tradición de las mujeres que en nuestro país se expresaban libremente en la 2ª República, que ha conseguido poner los derechos de las mujeres en el primer plano de la agenda política -a pesar de algún nefasto político o política-, tiene como reto seguir pretendiendo la igualdad y la libertad, los dos polos de la justicia social que debe conllevar la liberación femenina.

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Carmen Heredero

Ex secretaría de Mujer, Igualdad y Política Social FECCOO