“No confiamos en que este Gobierno vaya a hacer nada interesante por la enseñanza pública”

EL REPASO QUE, CUANDO ISABEL CELÁA iniciaba su presencia en Educación, hizo de lo vivido como estudiante Adrià Junyent, del Frente de Estudiantes, es un buen telón de fondo para el trabajo que espera a la ministra si quiere dejar tras sí un positivo rastro meritorio. Las noticias que se agolpan en las primeras páginas de la prensa, cuando esta entrevista ve la luz en T.E., incrementan el valor testimonial de lo que las y los estudiantes españoles necesitan con urgencia.

ADRIÀ JUNYENT (Cornellà, Barcelona 1994) estudia el Bachillerato en el Instituto Francesc Maciá de esta localidad catalana y se gradúa en Ciencias Políticas, con un año en Bilbao y los otros tres en la Universidad Autónoma de Barcelona. En el momento en que se hace esta entrevista, julio 2018, estaba terminando un máster en la Complutense (Facultad de Ciencias de la Información). Desde 2011, ha participado activamente en el movimiento estudiantil y, actualmente, es secretario general del Frente de Estudiantes.

¿Qué haces en este momento?

Soy catalán, de Cornellà (Barcelona). Estoy con el trabajo de fin de máster en Madrid y trabajo. Estoy hasta arriba de curro para mis gastos, y sacar tiempo me resulta complicado.

La ministra dijo, al iniciar su mandato, cosas bonitas sobre la enseñanza pública y que haría por ella lo que pudiera.

Tiene un pasado en Euskadi, que no es una comunidad fácil. Sabe lo que dice, creo. Vamos a ver qué hace…

Una cosa previa. ¿El nombre del Frente de Estudiantes tiene resonancias?

Sobre el nombre no hay una explicación. El sindicato se constituyó con asociaciones de toda España; en la que yo estaba se llamaba FEU, Front Estudiantil Unitari. Estuvimos viendo nombres y nos quedamos con este para reflejar de dónde venía el movimiento. Nos constituimos en la Facultad de Letras de Valencia, en 2015.

¿Cuál fue el objetivo que os propusisteis?

Lo que analizamos entonces –y que creemos sigue en vigor en el mundo estudiantil– son problemas internos y de funcionamiento que había que corregir. Por ejemplo, que una parte del movimiento estudiantil era muy asambleísta, hasta un extremo ineficiente: cada ciudad incluso tenía sus tiempos, sus asambleas y no se coordinaban: una semana había una mani en Bilbao, a la siguiente en Barcelona y luego en Madrid. Eso lo veíamos mal, porque juntos somos más fuertes y, si algo afecta a toda España, al final hay que ir todos a una.

Además, con el Sindicato de Estudiantes siempre teníamos rifirrafes. Tenía una estructura organizativa muy caduca, que aglutinaba pocos estudiantes aunque a nivel mediático tuviera mucha fuerza, y creíamos que tenía que haber una conexión entre lo real que hay en la Universidad y en los institutos, y nuestras propuestas.

Al final, el objetivo fue hacer un sindicato que luchara por una educación pública de calidad y gratuita al servicio de la mayoría, y que lo hiciera con las herramientas que mejor le fueran en el día a día: un sindicato democrático, pero con flexibilidad y agilidad para responder pronto a los problemas que surgen.

Pedro Duque nos ha sorprendido: la confusión que tiene respecto a la Universidad pública es grande

En 2011, cuando te metes en el movimiento estudiantil, ¿qué cursabas? ¿Qué te impulsó a dar la cara?

Cursaba 1º de Bachillerato de Sociales en el Instituto Francesc Macià, de Cornellà. En mi clase estábamos 52 personas, por un error de planificación del jefe de estudios y de la unidad territorial que coordinaba la zona; al final, de la Generalitat. La ratio en esa época ya había subido, había habido un Decreto que establecía el máximo en 42, pero estábamos 52. Y el ambiente de la clase no funcionaba: los profesores con micrófono, no se escuchaba, clases con mucho ruido, no se podían llevar bien. Hicimos una asamblea que expandimos al resto del instituto y, a principios de octubre, nos encerramos en él. Tuvimos la suerte de tener un buen equipo de medios, fuimos ayudados por otros movimientos y salimos en las televisiones, porque era el primer movimiento después de “Bolonia”. Lo vivimos con mucha ilusión. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, recuerdo que estaba la jefa de la unidad territorial de la Generalitat con un profesor más, que es lo que nos hacía falta. La verdad es que fue una experiencia muy buena: nos organizamos, ocupamos el instituto y conseguimos acabar con el problema por el que nos habíamos encerrado.

¿Hubo más problemas ese año?

Ese fue el principal y se pudo solucionar rápido. Luego, hubo tensión con el director del centro, porque lo seguimos ocupando. Ese año, en Cataluña subieron las tasas de la Universidad un 67%: mi hermana había empezado pagando 400 € y, en tres años, se puso en 1.600 –siguen siendo las más caras de toda España–. Al ocupar varias veces el centro, recuerdo mucha tensión con el director. Además, no hubo disculpas del jefe de estudios a los estudiantes afectados, sino solo en el AMPA, donde no había ni padres ni alumnos afectados. Por otro lado, era un centro muy viejo: mi padre había estudiado allí y un tío mayor también… en los sesenta le llamaban “cantera de rojos”, cuando Cornellà era conocida como la capital del cinturón rojo, pero esa tradición de lucha estaba muy apagada cuando llegó mi curso. En las aulas ya no fuimos 52, pero siguió habiendo muchos alumnos en el Bachillerato Social. Recuerdo esa masificación como algo complicado de gestionar, cuando el alumnado ya tiene más ganas y se requiere más conexión entre estudiantes y profesores.

A partir del año siguiente empiezan los recortes oficiales, con el Decreto 14, de 20 de abril. Tú en 2012 estabas en 2º de Bachillerato, ¿qué notaste?

Fue el año en que se implantó que, si los profes cogían una baja, tardaban como mínimo 15 días en enviarnos un sustituto, y se notaba. En Bachillerato más, porque al final está la selectividad y hay que tenerla preparada. Me acuerdo de que un profesor se ponía malo muchas veces y fue complicado el curso con él. Si te tocaba en una asignatura importante, era peor.

¿Y los chicos con problemas, sobre todo en la ESO?

En mi centro, en cuanto a la integración de los que tenían necesidades familiares o lo que fuera o el efecto de la inmigración, lo hicieron muy mal y fue un ejemplo de lo que no había que hacer. En la ESO había cuatro clases cuando entré en 2008-2009. En mi curso había cuatro grupos: A,B,C y D. El A y el B eran de gente de toda la vida de Cornellà. En el C, estaban los de Cornellà a los que les costaba más y los inmigrantes que controlaban el idioma, latinoamericanos sobre todo, o gente que llevaba varios años. Y en el D era caótico: muchos acababan de llegar, marroquíes y de todos lados, prácticamente no había ningún español, y clase como tal no se podía dar. Imagínate, con diez lenguas diferentes, y que por ejemplo fueras disléxico. Yo estaba en el B por suerte, pero a los del C no les dejaban hacer Bachillerato: la atención nunca era especial y siempre faltaban recursos a los profesores, sobre todo en conocimiento pedagógico y cómo motivar a un chaval, conocimiento de lo que implica ser disléxico… Sobre todo en las asignaturas de lengua castellana y catalana; un ejemplo personal es que, de doce trimestres que tiene la ESO, yo aprobé el catalán dos, porque es un idioma que en algunas partes es más complicado que el castellano; no se me daba bien y el profesor era muy exigente. Y eso que en casa hablaba catalán y castellano, como otros compañeros.

Los estudiantes –y el profesorado– solo tenemos nuestra lucha, nuestra organización y nuestras huelgas; no confiamos en que este Gobierno vaya a hacer nada

¿Cómo te afectaron los aumentos de tasas de la Universidad?

Por suerte, en mi casa no falta dinero, aunque tampoco sobra. Mis padres trabajan, tienen antigüedad en un trabajo estable y nunca faltó dinero para la educación de los hijos. Aun así, se notó. Mi hermana lo sufrió más. Como te dije, tuvo en la UAB, donde estudiaba Bellas Artes, una subida tremenda en tres años.

Se ha notado más en los másteres: son muy caros. El mío, dentro de lo que hay, no es de los más caros con sus 3.200 €, que es mucho dinero. Los másteres tienen trampa: cuanto más pagas, más salidas laborales tienes. Se nota mucho: en la Universidad privada de Navarra, sales con trabajo, pero son 25.000 €. Si estudias en la pública –como el que estoy haciendo en la Complutense, de “Comunicación política”– no tienes bolsa de trabajo, ni prácticas en ningún momento… El trabajo provisional como becario va incluido en la matrícula. Además, es muy diferente la exigencia de unas a otras universidades.

Y no suspendas ninguna asignatura: la segunda matrícula es más cara. Personalmente, he podido pasar limpio todos los años de la carrera y esperemos que, en lo que me falta –el TFM y una asignatura de este máster–, suceda lo mismo. En todo caso, los másteres presenciales nos son muy difíciles de compaginar con lo que a muchos nos es imprescindible para poder estudiar: algún empleo.

¿Qué notaste al entrar en la Universidad?

No sé cómo fue la época pre-Bolonia, pero la post-Bolonia sí. La recuerdo caótica, sin los currículos bien asentados, ni tampoco estructuras coherentes de máster. Bolonia introdujo algo que es de lo peor que ha pasado: las asignaturas transversales. Es decir, que si en una Facultad –estuve también en Bilbao, en la UPV, en Políticas, Sociedad y Comunicación– hay asignaturas que tienen que dar todas sus carreras, asignaturas que tienen que impartir en Periodismo, Políticas o Sociología, son prácticamente iguales, lo que supone algún año de carrera muy flojo, en el que se aprende muy poco. Asignaturas sin mucho contenido, como “Introducción a la Sociología” o “Introducción a la Política” están en varias carreras, pensadas para varios perfiles profesionales de modo muy superficial, y se dan muy por encima. Esto es lo peor que ha pasado después de Bolonia.

¿Tienen algo que ver los equipos de profesores?

Sí, creo que a muchos les faltan recursos para darles a sus asignaturas el sesgo adecuado. Eso también se percibe en el máster. Entre jubilaciones de los más expertos y asignaturas poco trabajadas se ha perdido mucho…

En este curso trataré de estudiar cómo Bolonia periodiza la evaluación continua respecto a la final. En principio, no está mal, pero en el contexto actual de los recortes, la gente tiene que compaginar las cosas como puede. En cada Facultad y en cada carrera hay situaciones y profesores diferentes, pero he vivido cursos muy estresantes: estar todo el curso con seminarios, prácticas de trabajo continuas y una dedicación muy fuerte –sin que fuera prácticamente posible compaginarlo con algún empleo–, y que todo dependiera de una evaluación final: si no la aprobabas, no valía para nada el trabajo previo. Entiendo que se evalúa y aprueba de una manera híbrida, lo que, como estudiante, me ha asustado mucho. No es lo mismo estudiar para un examen final que estudiar de continuo, y sin becas para no tener que hacer nada más: las dos cosas a un tiempo es pasarse. Recuerdo una asignatura, Gestión Pública, en la que saqué un diez en las prácticas –equivalente a un punto–, un siete en el trabajo –lo que teóricamente valía un 37% de la nota–, pero en el examen final saqué un 4,6 y tuve que ir a recuperación; y era un examen duro para el que no me habían acostumbrado. Estos desajustes son frustrantes para los estudiantes y afectan mucho a lo que debe ser la Universidad.

Juntos somos más fuertes y, si algo afecta a toda España, al final hay que ir todos a una

¿Es una estructura muy necesitada de cambios?

Tenemos historias de carencias para aburrir. Hacen falta muchos reciclajes del profesorado, flexibilidad sin pasarse mucho para que investiguen y enseñen mejor, conexión entre lo que la Universidad, como fuente de conocimiento, investiga y lo que enseña, innovación en las formas de trabajo de profesores y alumnos, vigilancia de lo que acontece realmente en las aulas…, con la atención muy puesta en lo que realmente aprenden los estudiantes, y atención también a quienes dicen que investigan y no son más que plagiarios de otros o de sí mismos de año en año… En la Universidad hay de todo y hay que purificar lo valioso.

Y a nivel de tasas, conozco compañeros de clase y del Frente de Estudiantes que han tenido que dejar la Universidad por no poder pagarlas o porque, si querían cambiar de carrera, no les daban la beca al año siguiente. Todo eso lo he vivido bastante de cerca.

¿Cómo fue la combinación del aumento de tasas con la reducción de becas?

En Cataluña, se ha vivido una situación particular, distinta a la de otras comunidades autónomas. Y es que, al final, el baremo para que te den la beca no cubre lo que se necesita: no se vive con lo mismo en Madrid, Valencia o Barcelona; la vida es más cara en unos sitios que en otros.

En mi clase de 60 alumnos –empezamos 80–, solo dos tenían beca. Esto es un problema: había más gente que la necesitaba y no la tenía porque los baremos eran los que eran. Gente que tenía casa en el pueblo y, por eso, ya no se la podían dar; gente que iban justos, les daban la beca y al tener una renta algo más alta respecto a lo que se pedía, también se quedaban sin ella. Esto es bastante frustrante cuando se comparan situaciones; en Cataluña más, con la vida más cara. Y no te digo lo que implica cambiar de carrera si crees que no has acertado. Para muchos es absolutamente imposible. Hay mucha gente que luego se tiene que cambiar de carrera porque en el momento de elegir no ha acertado: volver a empezar otra les resulta muy complicado. En todo caso, el último dato de hace un par de años, de estudiantes perdidos por motivos económicos, es que fueron 48.000.

En 2013, al año de estar tú en la Universidad, salió la LOMCE, lo que seguramente trajo debates vuestros. Por ejemplo, acerca del papel de la enseñanza pública…

Se vio afectada. La LOMCE incrementó la presencia de la privada y fomentó que las empresas entraran en la pública, con la pretensión de conectar institutos y realidad laboral. Lo que teóricamente podría haber sido positivo, en realidad llevó a una intromisión de los intereses privados de los empresarios en el espacio público. Me contaron de una FP de imprenta en la que lo que se enseñaba era a manejar máquinas de CANON, pero nada de otras tecnologías o procedimientos. El perjudicado es el alumnado.

Está luego el que en la privada se pueden concertar colegios que segregan por sexos. Y, sobre todo, que, al reducir la calidad de la pública, se fomenta el desarrollo de la enseñanza privada. Con perjuicio de quienes más lo necesitan.

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Según datos de hace dos años, los estudiantes perdidos por motivos económicos en este tiempo han sido 48.000

¿Y la presencia de la confesionalidad religiosa en el currículo?

Creemos que la única manera en que se puede dar religión en las aulas es de una manera agnóstica, sin creer en ninguna. Ni católica ni alguna otra.

No tiene por qué haber Religión. En todo caso, la alternativa puede ser una historia de todas las religiones; puede ser interesante, porque ayuda a ver cómo se han configurado las maneras de pensar. En caso de que se deba dar algo relacionado con la Religión, debe ser como una asignatura que las repase todas de manera agnóstica, sin creencia en ninguna; ayudaría a comprender nuestra cultura. La religión católica, en concreto, es importante conocerla, pero se debe dar como un estudio de carácter histórico.

Por la conversación con Adrià Junyent pasaron otros asuntos relacionados con la gestión de Wert y Méndez de Vigo: los pretextos del pacto educativo de este, la posible revisión del artículo 27C. A propósito de los primeros pactos del Gobierno de Sánchez, dijo:

De este Gobierno ya se ha dicho mucho y se le han visto unos cuantos gestos simbólicos, pero cosas reales no. Pese a la aritmética parlamentaria, creemos que este Gobierno debe derogar la LOMCE y hacer otra ley sustitutoria. A Pedro Sánchez no le será fácil por tiempos y por miedo a un fracaso…, porque además, pedimos que la ley que se aprobara la hiciera la comunidad educativa, para que fuera como los estudiantes y la ciudadanía se merecen.

¿Cómo forzar que así sea? Creemos que la manera de lograr ese tipo de ley es mediante la lucha: en Canadá lograron parar un sistema abusivo de tasas… Los estudiantes –y el profesorado– solo tenemos nuestra lucha, nuestra organización y nuestras huelgas; no confiamos en que este Gobierno vaya hacer nada. No puede y, además, al PSOE se deben los primeros recortes, en la etapa Zapatero y con el tripartito catalán. Han hecho cosas por la educación, sí, pero no como nosotros, estudiantes, creemos que debe ser. El curso que viene seguiremos en la calle, luchando por la educación que merecemos y, en cada centro, por las pequeñas cosas que se pueden conseguir; sin mucha confianza –insisto– en que este Gobierno pueda y vaya a dedicar esfuerzos a ello. Tiene problemas para sostener el papel principal de la enseñanza pública en el sistema educativo. Y respecto a la Universidad, Pedro Duque no ha puesto los pies en la tierra: sigue en la estación espacial. Nos ha sorprendido con sus declaraciones: la confusión que parece tener respecto a la Universidad pública es grande.

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Manuel Menor

Profesor de Historia