La educación inclusiva: escuela pública sin adjetivos

LA ESCUELA PÚBLICA, SIN ADJETIVOS, es una condición imprescindible para garantizar el derecho universal a una educación de calidad para todo el alumnado, cualquiera sea su origen o sus peculiaridades personales. Es, por otra parte, un elemento fundamental del concepto de equidad del sistema educativo. Supone avanzar hacia una educación más participativa que contribuya a una notable mejora del propio clima educativo.

En nuestras aulas se plasma una diversidad de personas con sus propios ritmos evolutivos, ritmos que están relacionados con múltiples factores, como son las propias capacidades, identidades, intereses, necesidades, el nivel de maduración, o las condiciones socioculturales y económicas propias o de su familia.

Entender la diversidad significa creer que no hay una supuesta “normalidad” que hace a los demás “otros” o “diferentes”. La sociedad ha creado unos modelos y estereotipos, que se sustentan en la ficción y que no se encuentran en la realidad, a los que pretende que nos adaptemos. Con ello se impone un mecanismo disciplinario sobre las personas, que las somete a la obligatoriedad de ser y comportarse como el modelo establecido como “normal”, de forma que, si no eres así, si no cumples el patrón cultural establecido, te colocan en la marginalidad y la discriminación.

Una escuela democrática debe incorporar, positivamente, la cultura de la diversidad, generando un espacio de desarrollo personal y aprendizaje para el conjunto del alumnado, y para cada alumna y cada alumno en particular. Hay que apostar por un modelo educativo que defienda el proceso de aprender a vivir con el reto de que las diferencias de las personas suponen una riqueza. Un proceso de aceptación, respeto, participación y convivencia.

La educación inclusiva, significa asumir la responsabilidad de cambiar nuestras prácticas educativas para que cada vez sean menos segregadoras y más humanizantes. Es el sistema educativo el que debe cambiar para contemplar la diversidad en nuestras aulas, y no al revés; es el que tiene que adecuarse al modo en que cada alumno y alumna, de modo particular, progresa. Desde la Educación Infantil hasta la Universidad, durante toda la etapa de escolarización, el sistema educativo debe ofrecer a todas y cada una de las personas los recursos que cada una necesita para su propio desarrollo integral que le permita, además, una perfecta integración social.

Mientras haya una sola persona en la escuela que haya perdido su dignidad, es decir, que no sea respetada como es, ni participe en la construcción del conocimiento con los demás, ni conviva en igualdad de condiciones con las demás personas, no estaremos garantizándole su derecho a la educación. Frente a la estigmatización y la marginación de “los desiguales”, una educación inclusiva entiende la diversidad como un valor positivo para el aprendizaje y la cooperación, que debe fomentarse, y de cuyo reconocimiento parte para la formación en la comprensión y el respeto por las otras personas y para el fomento de la igualdad. La pluralidad es una condición indispensable para la formación del criterio propio y del buen juicio.

Quien no tiene voz, no cuenta. Una educación inclusiva es la que genera un espacio de respeto, inmerso en un modelo democrático, participativo, crítico y dinámico, que gestiona las emociones como base del conocimiento y del impulso a la acción educativa, una educación que no excluye y que da voz a todas las realidades.

 

Plurilingüismo

El plurilingüismo y la interculturalidad son dos realidades de máxima importancia a la hora de hacer progresar al sistema educativo. Dos conceptos de gran valor para construir una educación inclusiva.

Sobre el plurilingüismo, el lingüista David Crystal decía: «Imagine qué puede ocurrir si el inglés continúa creciendo al ritmo al que lo ha hecho. Quizás llegue un día en que sea la única lengua que pueda aprenderse. Si esto llega a suceder, será el mayor desastre que habrá conocido el planeta en toda su historia. La diversidad lingüística es un bien básico del ser humano. Cada lengua expresa una visión del mundo y qué significa ser humano, y cada lengua perdida implica la pérdida de una de estas visiones. Los argumentos son exactamente los mismos que aquellos utilizados en el ámbito de la conservación de plantas y animales, salvo que aquí hablamos de diversidad intelectual”. En su libro La muerte de las lenguas (Cambridge, 2001), decía que había que salvar las lenguas porque necesitamos la diversidad, porque las lenguas expresan la identidad, son depositarias de la historia, contribuyen al conocimiento humano y son interesantes por sí mismas[1].

Unas pocas lenguas, y la represión lingüística de algunos gobiernos, han acabado con la mayor parte de las 140.000 que han existido en la historia de la humanidad y, según los lingüistas, en los próximos 90 años desaparecerán el 50% de las lenguas que se hablan en el mundo. Con la desaparición de las lenguas no escritas y no documentadas, la humanidad no solo perderá una gran riqueza cultural, sino también conocimientos ancestrales contenidos, en particular, en las lenguas indígenas; se pierden significantes que son intraducibles, irremplazables por los vocablos de otra lengua. Miles de ellas están ausentes de los sistemas educativos, los medios de comunicación, la industria editorial o el dominio público en general, aun cuando sean un perfecto instrumento para las poblaciones que las usan como medio de expresión habitual. Ni la cuarta parte se utilizan actualmente en la escuela ni el ciberespacio.

En algunos casos esta pérdida se puede evitar, pues simplemente se deja de hablar una lengua obedeciendo a las directrices que impone el mercado lingüístico, como planteaba Pierre Bourdieu[2].

A nivel global puede resultar amenazante el uso de las lenguas dominantes de instrucción en la escuela para alcanzar una educación de calidad para todas las personas a lo largo de la vida (ODS4). Para los niños y niñas que no hablan una de las lenguas dominantes en su vida diaria, usar esta en la escuela, para la enseñanza, perjudica significativamente su educación. Para aquellos niños y niñas que tienen que enfrentarse a otras barreras en la escuela, usar una lengua no adecuada en la enseñanza puede inclinar la balanza hacia la completa exclusión[3]. Tener una educación bilingüe o multilingüe, incluyendo su lengua materna, representa una de las mayores oportunidades para dar calidad a la educación y conseguir una vida mejor para millones de niños y niñas en el mundo.

Como señala Ignasi Vila, de la Universitat de Girona, existen más de 150 investigaciones (Cummins, 2002, 2004) que apoyan la idea de la existencia de una “competencia subyacente común” al uso de las distintas lenguas que hace a una persona bilingüe o plurilingüe, y que dicha competencia es el resultado de aprender más y mejor alguna de las lenguas que puede ser transferida a la otra, u otras lenguas siempre y cuando se tenga contacto con ellas y exista motivación para usarlas.

Hay que buscar el equilibrio entre el derecho a conocer y usar la lengua materna, la que has escuchado, aprendido y usado en casa con tus abuelos con tu familia o tu comunidad; la responsabilidad de las instituciones de conservarlas y protegerlas como patrimonio inmaterial de la humanidad elaborando políticas activas para mantenerlas vivas (todas las lenguas cooficiales), y el derecho a tener oportunidades de aprendizaje reales con una lengua vehicular con la que el sistema educativo examina y acredita las titulaciones correspondientes, sin que sirva de discriminación de derecho ni de hecho.

El plurilingüismo consciente es el único medio de permitir que todas las lenguas, y las personas que las hablan, tengan un lugar propio en nuestra sociedad globalizada, en la concepción de políticas educativas, de desarrollo y de cohesión social que los gobiernos y las comunidades educativas deben preservar, convirtiéndose en garantes de un derecho fundamental: hablar tu lengua materna.

Por otro lado, la educación inclusiva exige asumir un enfoque intercultural, por equidad y justicia social, como han recogido Teresa Aguado Odina, Patricia Mata Benito e Inés Gil Jaurena, una de las necesidades no explícitas de formación del profesorado.

La interculturalidad exige estar abiertos a cambiar nuestras prácticas educativas que en muchos casos reproducen la discriminación, con programas específicos para grupos específicos, en lugar de asumir la diversidad como norma y establecer medidas generales dirigidas a todo el alumnado y toda la comunidad educativa. Lo cultural debe estar en el foco de nuestra reflexión pedagógica. Como educadores debemos ser capaces de asumir la diversidad como un componente positivo para el aula y no relacionarla con déficits o problemas de organización o convivencia, y asumir la igualdad y el respeto a la diversidad cultural como un compromiso moral de la profesión docente, conscientes de que todo lo que hacemos y decimos en el aula impacta en la vida de los niños, niñas, adolescentes, jóvenes y sus familias con los que nos relacionamos en la escuela.

La diversidad es un hecho y asumir un enfoque intercultural es el posicionamiento con una forma de entender la educación, de trabajar en educación, de sentir y garantizar el derecho a la educación, basada en la dignidad humana de la que toda persona es portadora.

[1] Según los datos del Ethnologue se hablan 6.912 lenguas, de las cuales el 30,3% (2.092) en África; el 14,5% (1.002) en América; el 32,8% (2.269) en Asia; el 3,5% (239) en Europa; y el 19% (1.310) en Pacífico. Apenas un puñado de personas hablan las 473 lenguas que están “casi extintas” como el wymysorys de Polonia, el liv de Letonia o el hellenoromaní de Grecia. Y unas 50 solo cuentan con un hablante como el bikya de Camerún, el lakondê de Brasil y el yámana de Chile.

[2] El artículo de Araceli Colín Cabrera, en la publicación digital La jornada semanal, nº 851, analizaba el caso de los estudiantes de secundaria de San Ildefonso Amealco, en el Estado de Querétaro, México, hablantes de ñañho, que preferían no hablarlo en presencia de otras personas para no sufrir más rechazo ni discriminaciones. “Los niños y niñas querétanos de tradición ñañho acceden a la educación formal de la escuela secundaria que transforma su modo de mirarse a sí mismos y los desancla. Luego, su realidad económica les habrá de mostrar la dura verdad: que no podrán acceder a esos nuevos roles o profesiones que la secundaria les mostró, por la pobreza extrema en que vive la mayoría de ellos”.

[3] Irina Bokova, la que fuera directora general de la Unesco, señalaba que “la pérdida de un idioma constituye un empobrecimiento para la Humanidad, un retroceso en la defensa del derecho de toda persona a ser escuchada, a aprender y a comunicarse. Asimismo, cada idioma entraña un patrimonio cultural que amplía nuestra diversidad creadora. Esta diversidad cultural es tan importante como la biodiversidad en la naturaleza. Están intrínsecamente unidas. Algunas lenguas de pueblos indígenas entrañan conocimientos sobre la biodiversidad o la gestión de los ecosistemas. Este potencial lingüístico es un motor de desarrollo sostenible que merece ser compartido”.

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Pedro Badía

Secretario de Política Educativa de FECCOO