Carmen Rodríguez Martínez: “Hay que enseñar a alumnos y alumnas cómo pensar, no lo que deben pensar”

«Políticas educativas en un mundo global» apuesta por los valores fundamentales del sistema democrático: la libertad, la igualdad y la fraternidad, la laicidad y la pluralidad que la escuela ha de seguir procurando para cumplir con sus objetivos democráticos. Carmen Rodríguez analiza en este libro las condiciones que ha de tener el sistema educativo para que así sea y su reflexión viene muy bien para no perderse en un mar de confusión y propaganda.

CARMEN RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, profesora titular del Departamento de Didáctica y Organización Escolar en la Universidad de Málaga, es una de las impulsoras del Foro de Sevilla; participa también en el grupo CLACSO, especializado en políticas educativas y derecho a la educación en América Latina, y ha trabajado, sobre todo, la relevancia del género y de la educación cívica en los entornos escolares. Su último libro Políticas educativas en un mundo global es una reflexión muy oportuna en un momento en que la crisis en que estamos obligará a repensar más ajustadamente qué es lo importante e imprescindible.

 

¿Tu libro tiene algo que ver con el momento actual?

Tanto el Covid-19 como las políticas educativas que se están desarrollando son globales y se encuentran dentro de una marco en el que la economía está por encima de fines sociales y políticos. El virus enferma a todas las personas por igual, pero sus consecuencias son peores para los más vulnerables. Las políticas educativas y sociales se guían, cada vez más, por la rentabilidad económica y la eficiencia, destruyendo lo público y privatizando su gestión. Esto conduce, en ambos casos, a problemas sanitarios, educativos y económicos, que serán mucho mayores si se pierde la intervención de los Estados como garantes de los bienes básicos; en el caso actual, este Gobierno muestra mayor interés por defender a la ciudadanía. Pero la desmesura de la sociedad de consumo tiene como  consecuencia la desigualdad y la aniquilación de los valores morales y sociales que sustentan la propia vida.

¿Hemos aprendido algo sobre globalización?

Sí, hemos aprendido que no estamos preparados para cuidar de nuestro mundo y mucho menos de las personas que viven en él. La globalización no es solo un proceso de intercambios mundiales; esto sería convertir en natural lo que es un proyecto ideológico en el que triunfen los derechos del mercado frente a los derechos sociales. Los Estados han quedado a merced de los mercados con la expansión global de la economía, sin regulación ni fronteras, lo que conforma una sociedad de consumo insostenible. Los gobiernos han pasado de defender lo público y a los trabajadores, a defender los objetivos de las empresas. Se quiebra la dicotomía entre los servicios públicos y las empresas privadas. La globalización está teniendo consecuencias negativas para el modelo de sociedad; en educación, cada vez hay una orientación más economicista, que solo la considera un mecanismo de preparación para el mercado laboral.

“No puede existir una escuela de ricos y otra de pobres”

Repensar la educación desde la Justicia social, ¿qué implica?

En una sociedad democrática, el Estado tiene la obligación de favorecer el bienestar de toda la ciudadanía, y lo hace a través de una serie de programas que crean derechos fundamentales en educación, sanidad, servicios sociales, infraestructuras…

En educación, la igualdad de oportunidades no es suficiente, porque pone el énfasis en la igualdad de acceso, mientras deja a la libre competencia, y a la desigualdad económica y social, los resultados. La justicia social no queda garantizada con el acceso, implica un modelo de escuela abierto: laica, democrática, gratuita y comprensiva, en la que todo el alumnado pueda formarse, adquirir conciencia y responsabilidad para disfrutar de la libertad. Cualquier persona debe poder afirmar su autonomía en el espacio de igualdad que debe representar la escuela, sin que esté limitada por sus circunstancias.

¿Cómo queremos al alumnado?

La educación debe proporcionar una formación ciudadana a todo el alumnado por igual, que se mueva en dos sentidos: para que puedan ejercer su libertad y su plan de vida con autonomía, a la vez que participen activa y responsablemente en la sociedad. Han de tener derecho a una formación integral, a realizar aprendizajes relevantes y a responder a los nuevos retos de la humanidad: globalización económica, degradación ambiental, desigualdades…

Ha sido una tentación para sociedades y gobiernos utilizar la educación para conseguir otros objetivos, pero hoy tendría un sentido tiránico negarles a las nuevas generaciones su papel como diseñadoras del mundo. Hay que enseñar a alumnos y alumnas cómo pensar, no lo que deben pensar. El alumnado es el centro de la educación y del futuro. Tenemos que formar sujetos que construyan de manera crítica su manera de sentir, pensar y actuar; es la educación la que tiene que adaptarse al alumnado, a sus ritmos y a sus tiempos personales de comprensión e interpretación.

¿Qué tienen que ver los estándares globales y la personalización?

Las políticas educativas globales, más que a las necesidades educativas, responden a soluciones estandarizadas formuladas por expertos para problemas que no existen. La mayoría de las reformas en el mundo modifican los planes de estudios y la realización de evaluaciones, para preparar para el mundo del trabajo; y, para medir el rendimiento de los sistemas educativos, estandarizan los currículos. Al reducir la complejidad educativa a aquello que se puede medir con pruebas externas, generan un discurso en torno al poder de los datos, propician las grandes comparaciones y constituyen una auténtica religión. Así se acentúan las jerarquías entre las asignaturas, suprimen el arte, la filosofía, las ciencias humanísticas, consideradas opciones estéticas o de entretenimiento “cultural” sin entender que pueden ayudar a ser libres.

Los estándares globales solo sirven para regular las prácticas escolares y quitar autonomía al profesorado, para domesticar el pensamiento y reproducir las jerarquías y la cultura institucionalizada.

¿El currículo está dictado?

El modelo de escolarización con el que se construye la escuela, y las formas en que se transmite el conocimiento, han respondido a un patrón homogéneo de pensamiento único, con una docencia anclada en el academicismo y construida alrededor de la idea de dominio de la disciplina. Los currículos, las clases y la organización escolar han reproducido la ideología dominante, las jerarquías sociales; y no han transmitido saberes significativos y con interés para el alumnado. Es un modelo escolar de masas, reproductivo y domesticador. El currículo en la actualidad no puede ser un espacio de grandes verdades para ser transmitidas con el modelo tradicional, sino como un flujo de experiencias y de conocimiento de la realidad social. Han cambiado las funciones de la enseñanza, desde la reproducción de la información a la búsqueda, procesamiento y transformación del conocimiento, y tenemos que saber qué queremos hacer con él.

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“Debería ser ejemplar la coordinación, el apoyo y los pactos entre los gobernantes”

¿El texto de la escuela tiene algo que ver con el contexto?

Desgraciadamente, la escuela se dedica en ocasiones a darnos un texto sin contexto que no entendemos o no nos implica, porque no sabemos para qué sirve. Pero esas píldoras de conocimiento para resolver un examen y olvidarlas en el momento siguiente no sirven para nada en la vida. La transmisión del conocimiento ha de hacerse para dar vigor a nuestro pensamiento, no para aceptar las convenciones. No estudiamos las guerras o el barroco para saber historia, sino para aprender de la historia: cómo se vivía, relaciones de poder, creencias, expresividad artística… El conocimiento no es solo un relato de lo que ocurrió, sino análisis e interpretación de por qué ocurrió y de la acción humana en las decisiones que se tomaron; es la interpretación del pasado para entender el presente.

El contexto también es la complejidad de nuestro mundo para entender los factores diversos que condicionan una situación o una decisión, y para analizar los problemas reales que afectan a la vida y a la sociedad actual. La escuela ha de crear lucidez sobre lo que acontece en nuestro mundo, y para ello desarrolla una cultura de referentes para su comprensión y cuestionamiento.

¿Es inclusivo nuestros sistema educativo?

Los factores que van en contra de la inclusión educativa son la selección temprana de estudiantes, el grado de repetición, incluir estándares de aprendizaje, la brecha social entre escuelas y las opciones de las familias para elegir centro. La LOMCE introdujo en 2013 toda una batería de elementos que refuerzan la expulsión del alumnado de la escuela: los itinerarios, la Formación Profesional Básica, los programas de mejora del aprendizaje y del rendimiento, la privatización, la especialización curricular, los currículos estandarizados, las evaluaciones finales de etapa para titular, la “libre elección de centro”…

Creo que tenemos un modelo de escuela-empresa competitiva, que solo consigue centros de diferente categoría y el aumento de la exclusión social. A todo ello añade la tradición de currículos extensos y memorísticos, modelos de enseñanza casi medievales y academicistas que causan una gran desafección del alumnado hacia la escuela. El modelo de educación, sobre todo en Secundaria, necesita una revisión completa.

¿Cómo se llevan la equidad educativa y los privilegios?

Decía Aristóteles que si el fin de la educación es la justicia social, la educación debe ser única y la misma para todos, de modo que no sea el dinero y la clase social lo que la diferencie. El acceso de poblaciones diversas a la escuela en equidad es una oportunidad única de conseguir la pluralidad, el respeto y el reconocimiento a otras formas de vida que no son como la nuestra. Sin embargo, son los propios Estados los que actúan en beneficio de los fines privados de grupos religiosos, profesionales, patronales; quiebran la equidad y fomentan la selección escolar del alumnado de familias con mejor posición social.

La orientación mercantilista de la educación introduce también un discurso individualista y competitivo, en el que el “éxito” y la “excelencia” dependen del “esfuerzo” y del “talento” de cada estudiante; con esa meritocracia de talentos, es inevitable la reproducción social, que es el equivalente moderno del privilegio. Pero la repercusión no es solo individual; la segregación escolar no solamente incide en el aprendizaje de cada estudiante, sino que empobrece la educación socializadora, la convivencia y la integración social. Quiero decir que no se puede construir una ciudadanía democrática con escuelas de ricos y de pobres.

¿Y cómo casan lo común y lo individual?

La formación no es almacenamiento de información, ni basta con saber interpretarla o, incluso, ser crítico; tiene que modificar nuestros marcos de pensamiento para ser un conocimiento creativo. Esto conduce a que no sea algo individual que corresponda solo a nuestra experiencia, porque equivale a hablar de los otros, se desarrolla en relación y es valorado por otras personas que son las que aprueban lo que nosotros hacemos.

Desde una perspectiva metodológica, los escenarios de cooperación favorecen el intercambio con personas y redes, son estimulantes para las y los estudiantes. La formación ética y ciudadana se construye impulsando las relaciones interpersonales, la deliberación crítica y la educación de la responsabilidad. Además, hoy es más importante que nunca aprender a vivir juntos; con el nuevo capitalismo, no es algo que ocurra de forma natural, sino una aspiración que debe ser socialmente construida.

“Las facilidades que tiene la educación privada para aumentar en todo el mundo no son las mismas que para desprivatizar”

¿Hay que privatizar?

La privatización va de la mano del negocio, la desigualdad y los idearios particulares; es parte de la cultura elitista y diferenciada que buscan algunas familias, empresarios y políticos. Los centros educativos privados con financiación pública (concertados) no compiten por atraer al mayor número posible de estudiantes, sino al mejor alumnado que garantice unos buenos resultados académicos. La concertada ha ido en aumento en nuestro país, supone un 30% en la escolarización obligatoria, acogiendo solo al 7,5% del alumnado desfavorecido. Además, cuando los niveles socioeconómicos inferiores ascienden de nivel educativo se vuelven a utilizar estrategias para que la selección siga existiendo. Esto sucede en España con la LOGSE (1990) que incrementa la Secundaria concertada en un 25%, o con la etapa de 0 a 3 años, que se está cubriendo mayoritariamente con conciertos y de forma muy precaria.

Las facilidades que tiene la educación privada para aumentar en todo el mundo no son las mismas que para desprivatizar, porque van en contra de la globalización económica y del privilegio de determinadas familias; hay, incluso, organismos internacionales que se interesan por la privatización en sistemas educativos de países en desarrollo a cambio de ayudas.

¿Y la laicidad en las escuelas?

Las confesiones son dogmas que no pueden formar parte de una educación liberadora; cualquier religión o ideario particular debe estar fuera de la escuela, porque la educación es la vía que hace posible una participación consciente e ilustrada en los sistemas democráticos. En nuestro país, en lugar de fomentar una educación ciudadana, los obispos y la derecha la rechazaron diciendo que era ideológica y que defendía la igualdad de sexos.

Nunca hemos dejado de tener la religión presente en el sistema educativo, a lo que se suma un sistema de conciertos financiado con dinero público, en que la mayoría de centros son católicos (64%). Estamos en un Estado “aconfesional” donde la religión logró colarse en las escuelas y así se recogió en el artículo 27 de la Constitución a partir de los Acuerdos con la Santa Sede, que ningún partido político se atreve a tocar. La LOMCE, una ley selectiva y conservadora, agravó la situación: introdujo la evaluación de Religión que, al servir para la nota media, se convirtió en casi obligatoria; extendió, además, la privatización a costa de la pérdida de centros públicos, sin respetar el derecho de niños y niñas a una educación liberadora. Creo que esto va para largo.

¿Profesionalización o peonaje docente?

La globalización y las políticas basadas en el rendimiento y en la subida de niveles educativos quitan autonomía al profesorado y controlan sus prácticas docentes a través de pruebas externas y currículos estandarizados. Todo ello para responsabilizarlos de los resultados de su alumnado, sin que tengan en cuenta sus contextos sociales y el crecimiento de la desigualdad. Profesoras y profesores son cada vez más peones de un sistema educativo donde los recursos, la inversión y los procesos de enseñar no son valorados.

“Profesoras y profesores son, cada vez más, peones de un sistema que no valora su profesionalidad”

¿En línea y/o enseñanza presencial?

Con la pandemia actual, muchos defensores de la tecnología y empresarios ven el futuro en la “escuela digital”. Pero no es una escuela de futuro lo que proponen, sino una escuela a distancia improvisada, que impide desarrollar contenidos de forma interactiva y repite lo que se hace presencialmente, avanzar en el temario y evaluar; no supone un cambio en la forma de trabajar para el alumnado y sí para las madres y padres, que se han convertido en docentes improvisados.

Es una enseñanza que agranda las desigualdades, porque las familias son más desiguales que las escuelas, tienen menos formación y menos tiempo. Al alumnado más vulnerable se le premia con actividades de refuerzo y repaso, porque seguimos con la escuela libresca en la que todos deben saber lo mismo a la vez y medirlo por igual. Es también un nuevo negocio para las plataformas privadas.

¿Cómo se coordina todo esto?

En una situación tan devastadora como la que se está produciendo, debería ser ejemplar la coordinación, el apoyo y los pactos entre los gobernantes. Sin embargo, hacen mala política y ponen en cuestión el debate democrático y la posibilidad de llegar a acuerdos en la variedad de frentes que tenemos abiertos: sanitario, económico, social, educativo… Los “pactos de la Moncloa” que propuso el Gobierno han terminado en una comisión del Parlamento; para algunos, son la oportunidad de un acuerdo salvador, otros quieren convertirlo en una comisión de investigación. Los que se hicieron en 1977 fueron muy importantes para la creación de una escuela pública que apenas existía. Sinceramente, sería el momento de conseguir rescatar a nuestro país sin acusaciones y sin programas patrióticos.

¿Y a la escuela pública que le hacemos?

Si queremos un Estado del bienestar, la escuela pública es el único espacio para construirlo, porque puede compensar las desigualdades de las familias y respaldar el derecho a la pluralidad y a que todos podamos aprender juntos. No puede existir una escuela de ricos y otra de pobres. Hemos de mejorar, además, los recursos tecnológicos ante las necesidades de la escuela en casa y transformar los contenidos y las formas de enseñar. Buscar aprendizajes diferentes que dejen autonomía a nuestro alumnado para investigar y desarrollar proyectos, y construir plataformas públicas y redes de recursos compartidas por el profesorado.

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Manuel Menor

Profesor de Historia