“La privatización y los recortes traen consigo la desprofesionalización del Magisterio”

LOS PROBLEMAS EDUCATIVOS tienen en este momento una fisonomía similar en el mundo. Las fuerzas económicas que operan globalizadas han acelerado esta situación, e instancias supranacionales como la OCDE están empeñadas en estandarizar una educación utilitarista. Los sindicatos de profesionales de la enseñanza poco podrán hacer si no aúnan estrategias, a un lado y otro del Atlántico, para preservar los valores democráticos de la educación.

Fotografías de Teresa Rodríguez.

JUAN DÍAZ de la TORRE (Santa Gertrudis, Huejuquilla, en Méjico) se graduó en 1973 como profesor en la Escuela Normal de Jalisco, zona donde trabajó en escuelas de Primaria y Secundaria. En 1983, se graduó en Pedagogía. Doce años más tarde, se estrenó como cargo público en Participación ciudadana (Coyoacán). Y, desde 2011, es Secretario General del SNTE (Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación), cuya presidencia empezaría a ejercer  en 2013. 

¿Qué retos principales tiene el sistema educativo mejicano?

Primero, transformarse, entender que el desafío para el país pasa necesariamente por su sistema educativo. La educación pública representa una matrícula de 35 millones de alumnos y toca diariamente a más de seis millones de familias. La educación en Méjico es un factor de permeabilidad social bárbaro.

Este sistema requiere ponerse a tiempo con el tiempo. Esto significa preservar una historia rica, un relato propio sobre el modelo de gratuidad, de laicidad y obligatoriedad, pero al mismo tiempo verse en el mundo de hoy, que exige competencias, exige eficacia y eficiencia. Estos son conceptos neoliberales, pero es obvio que los chicos de hoy deben prepararse para el futuro que ya empezó ayer. De los niños que están hoy en nuestras escuelas, el 66% va a tener que insertarse, en los próximos quince años, en el mercado de trabajo cuando concluyan sus estudios, en empleos que todavía no existen, que derivarán del desarrollo tecnológico. Entonces, los retos son preservar el pasado, mantener la historia rica que tenemos en Méjico, y al mismo tiempo construir el futuro.

 

¿Cómo tienen el problema de la igualdad social?

Ese es el otro gran reto. Méjico es un país rico, extraordinariamente rico. El problema es que, como en gran parte del mundo y a causa del modelo económico, hay grandes inequidades y rezagos. En Méjico, tenemos cuando menos tres países al mismo tiempo, independientemente de lo pluriétnico y multicultural. Nosotros tenemos, por ejemplo, en “educación indígena” más de 28 etnias con más de 110 variaciones lingüísticas, que atiende a más de 1.280.000 niños de esas etnias con 70.000 maestros bilingües que hablan castellano y una lengua original, pero queda mucho por hacer. Los estados del norte están muy vinculados al proceso de los EEUU: hay 3.000 kilómetros de frontera con este país y es una sociedad más desarrollada, con niveles de acceso a la economía mucho más amplios. Luego está un centro más vinculado a los procesos derivados de la influencia española de la época de la conquista y a los recursos mineros. Y está el sur, que tiene un gran retraso social y profundas inequidades.

El desafío es cómo combatir esas desigualdades a través de la educación. No hay otra salida que la de la educación. Los maestros mejicanos lo tenemos muy claro. Tenemos que luchar desde el Sindicato por nuestras conquistas y nuestras demandas, pero no basta. Hemos de comprometernos con las posibilidades de atender a esos millones de chicos y elevar su preparación. Si sólo lucháramos por nuestras reivindicaciones salariales y profesionales, sería muy egoísta. Porque, al final, por origen social los maestros venimos de esas mismas comunidades, de esas mismas escuelitas, de otros maestros que nos formaron. Hoy, hay que corresponder y luchar por acabar con esas inequidades. Lamentablemente, el modelo económico de Bruselas, de España, de EEUU o de Singapur es el mismo; es profundamente violento y no repara mucho en ellas, sino que busca que prevalezca la visión economicista. Es desde la educación desde donde debemos pelear para ir a la modernidad y a la competitividad, pero sin dejar a nadie en el camino y que nuestra sociedad tenga más equilibrio; no sólo como valor humano, sino por el riesgo de inestabilidad en el futuro, que es muy alto y está ahí ya. Los maestros somos clave en esta tarea.

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“La UNESCO debiera recuperar su valor estratégico en los asuntos educativos”

¿El sistema de propiedad heredado del pasado pesa todavía mucho en estas desigualdades?

Sí. Con la concepción patrimonialista, cada vez ha ido concentrándose más la riqueza. Los porcentajes de quienes tienen acceso a los beneficios o al lujo de la modernidad lamentablemente han desdibujado una clase media ilustrada, que tiene preparación pero que no tiene acceso a esos beneficios; y ha dejado en el fondo a muchísimos millones de mejicanos, pues el 45% de la población de Méjico está en la pobreza. Es un número bárbaro y esta redistribución de la riqueza requiere transformarse, cosa que no va a pasar porque nos quejemos; tienen que generarse acciones que propicien una redistribución de ingresos y que, al mismo tiempo, mantengan la estabilidad social. Es un desafío muy grande.

 

Probablemente por eso es más relevante la formación de los maestros. ¿Cómo entendéis que debe ser?

Habría que cambiar mucho respecto a la formación que nuestra generación recibió. Nuestro sistema educativo está viviendo su tercer momento. El primero fue cuando surgió en 1921 la Secretaría de Educación Pública. La creó un mejicano de excepción, Don José Vasconcelos -pensador que también creó el Ateneo de la Juventud- en el régimen de Álvaro Obregón. El reto de entonces para el sistema educativo era la alfabetización; teníamos una tasa de analfabetismo cercana al 80%: el desafío para los maestros mejicanos de aquel momento era ese. Luego, hasta 1974, no se generó un régimen de planificación familiar: la tasa de crecimiento poblacional hasta entonces había sido altísima y, por tanto, la posibilidad de llevar educación a toda la población, muy dispersa en comunidades rurales, era muy difícil. Fue el momento de la cobertura educativa: llevar la educación a todos, cuando apenas existía el tema de ‘la calidad’. Era una educación de las primeras letras, las operaciones fundamentales en matemáticas, una noción básica de geografía, capitales de los países del mundo, lectoescritura y párale. En esos dos momentos, los maestros mejicanos cumplieron el desafío. Llevaron las primeras letras, fueron a alfabetizar y dieron cobertura a esas necesidades.

Y hoy tenemos el desafío de ‘la calidad’. Queramos o no, porque al final nuestros chicos requieren incorporarse al mundo del trabajo que está ahí. ¿Y cuál es este mundo del trabajo? Pues son las mismas empresas transnacionales que están en todo el mundo; las formas de organización del trabajo son las mismas. Por lo tanto, sería muy miope de nuestra parte querer vivir de la historia. Hemos de asentarnos en la historia, pero la transformación exige mejores perfiles para los profesores, lo que pasa por su desarrollo profesional.

“La educación no es un negocio. Es un derecho humano”

¿Cuál es la mejor manera de defender y proteger la profesión docente?

Hacerla mejor. A partir, primero, de que el sistema educativo debe modificar sus planes y programas de estudio. Una gran parte de lo que se enseña hoy en nuestras escuelas apunta a lo que se enseñaba a comienzos del siglo XX, con una serie de contenidos que tienen poco que ver con la economía digital que tenemos ahora. Hay una economía digital que requiere otras competencias: modificación, pues, de contenidos; requiere conectividad de Internet; requiere mejorar la infraestructura educativa. En nuestro país tenemos 250.000 centros de educación, algunos grandes edificios, grandes estructuras; y otros, escuelas de palitos, escuelas perdidas en la nada, las rurales… Entonces, se requiere transformar la infraestructura.

Por otro lado, proteger a los maestros hoy es, fundamentalmente, darles un acompañamiento en su desarrollo profesional. Hoy no existe -sería imposible- un buen doctor que egresara de la facultad de Medicina y no se hubiera actualizado permanentemente. Un ingeniero, lo mismo. Pero hoy, al ver a un profesor, lo imaginas todavía igual que en el siglo XIX, con un lápiz, un borrador, un pizarrón ahí, y no puede seguir siendo así. Hoy el profesor requiere nuevas competencias, nuevas habilidades; y eso exige que el Estado mejicano le provea de las herramientas adecuadas. Todo lo cual implica inversión educativa, única manera en que podemos proteger y defender el sistema educativo público. En Méjico, el 90% de la educación es pública y el 10% es privada en Educación Básica.

 

¿Quién tiene interés privado en educar?

Se trata de familias que deciden trabajar en este sector, montan su colegio y son autorizadas por el Gobierno. Muchos, como en todos lados, son escuelas privadas extraordinarias, pero hay otros que lo único que buscan es negocio.

El valor de ese 90% donde se forman 35.000.000 de alumnos –somos la quinta matrícula más grande del mundo– tocados todos los días por 1.500.000 maestros -que somos nosotros- es que el destino de Méjico pasa por sus maestros y pasa por su sistema educativo.

“No podemos hacer de la medición estandarizada y única el valor central de la educación, como quiere la OCDE”

A propósito de los médicos y los ingenieros, no se concibe que se autoformen y se paguen su formación continua como el profesorado escolar. ¿Qué nivel tienen en este momento las prestaciones del Estado mejicano a la formación de sus profesores?

Baja, muy baja. Una de las formas en que se está atacando el sistema educativo público en el mundo viene por dos vías: la tentación de la privatización y los recortes presupuestarios. Eso puede traer como consecuencia la desprofesionalización del Magisterio. Si nuestros profesores no están a la altura de lo que sus alumnos requieren, la profesión irá tomando cada día una dimensión menos estratégica. Por eso, nosotros asumimos que, de los 33 países que están en la OCDE, está documentado que en Méjico es donde los maestros invierten más de sus recursos particulares en su propia profesionalización. Porque es una forma de defenderse frente a los riesgos de las evaluaciones, del despido y de la desprofesionalización.

En las próximas semanas, cuando vayan aprobarse en el Congreso los Presupuestos de 2017, estaremos centrando en estos recursos nuestra estrategia fundamental. Por supuesto, demandaremos recursos para salarios; es de cajón, no hay ni que pensarlo. Pero principalmente estamos luchando por presupuestos para el desarrollo profesional, Presupuesto para el acompañamiento del profesorado, para tutorías, para que el compañero reciba esos insumos y mejore su desempeño y, como consecuencia, que haya un mejor aprovechamiento de los chicos y se rompa un círculo vicioso. Porque si no profesionalizas, nuestras competencias no van a dar resultado y la educación no va a mejorar jamás su calidad.

“Hay que evitar que se haga una religión con el desafío de <la calidad>”

¿Por qué han venido a España?

Tiene que ver con un principio sustantivo del sindicalismo, la solidaridad. Hemos venido a dialogar, a compartir con los compañeros sindicalistas. Es una oportunidad para sabernos parte de algo más grande, hacer brazo con brazo con ustedes y, al mismo tiempo, compartir experiencias frente a los desafíos que tenemos. Esto es clave.

Vengo ahora mismo de Bruselas, de una reunión de la Internacional de la Educación -porque soy miembro del Consejo Mundial- y, cuando uno escucha a los japoneses, británicos, sudafricanos, suecos, estadounidenses u otros, es lo mismo. El modelo está ahí en el mundo y entonces requerimos recrear nuestras experiencias comunes para construir la mejor estrategia para hacer que las cosas sucedan. No basta con decir que hay un embate muy fuerte; hay que evitar que se haga una religión con el desafío de “la calidad”. Es decir, queremos calidad de vida, queremos un buen servicio de taxistas, buenos servicios comerciales, que nos atiendan bien en el banco, buen servicio de quien trabaja como diputado o como presidente, y los maestros no son la excepción: tenemos que ofrecer una alternativa que satisfaga las expectativas de nuestros alumnos. Pero añadimos que no está reñido el desafío de “la calidad” con los derechos: ni es excluyente ni contradictorio con la lucha por nuestros derechos y nuestras reivindicaciones. Además de que la lucha de los maestros es la lucha del pueblo de Méjico: es la misma lucha, no hay otra. Si no le damos a los maestros lo que necesitan, difícilmente podríamos conseguir lo que requerimos como nación en términos de “calidad” preservando al mismo tiempo su valor humano. Por eso insistimos en que la educación no es un negocio; la educación es un derecho humano y como tal hay que mantenerlo. Esta es la lucha que hay que dar.

 

Parece, sin embargo que haya una Internacional ocupada en una enseñanza con estándares similares en el mundo, de la que la OCDE sea agente principal.

Sí. Hay una tendencia muy contundente a universalizar las nociones de lo que hay que saber. Pienso que, si bien el mundo está globalizado y hay que estar en el mundo, es importante preservar la agenda local, la de cada sociedad y comunidad que cada país tiene. Y preservarla no implica pelear con el mundo: creo que son compatibles ambas dimensiones. Sí debemos evitar, por supuesto, el que esa única visión sea la que prime, como se intenta hacer, por ejemplo, respecto a la belleza: de pronto se define qué es lo bello y qué no lo es. En educación, no nos lo podemos permitir; hay valores universales que deben prevalecer en los sistemas educativos y están ahí desde siempre: la igualdad, la solidaridad, la libertad. Pero al mismo tiempo se ha de entender que cada región, cada cultura y cada forma de ser requiere respeto. Eso pasa por atender los valores de cada familia y, en paralelo, que la escuela genere esos valores universales y que nuestros chicos sean competentes para el mundo de hoy.

“Si no profesionalizas, las competencias de los profesores no van a dar resultado y la educación no va a mejorar jamás”

Una última cuestión. ¿Como organización internacional que se ocupara de una educación mundial en que se respeten esos derechos universales en armonía con los de las comunidades y personales, sería la UNESCO un buen agente?  

Creo que das en el clavo. Es por la UNESCO y su necesidad de reposicionamiento por donde debiéramos empezar. Primero, porque surge de la propia Organización de las Naciones Unidas, donde también hay una serie de objetivos universales y un control: la UNESCO es la manera natural de proceder. Y creo que empujar por su reposicionamiento sería lógico. Pero lamentablemente no está sucediendo, porque están cortándosele sus recursos. ¿Quién la mantiene? El gobierno norteamericano, en términos porcentuales, es su principal sostenedor. Sin embargo, empujar por que la UNESCO recupere su valor estratégico en el impulso de los valores educativos, culturales y sociales, me parece que es un buen camino. Sobre todo, para Occidente porque hay ahí una historia muy rica de posibilidades.

Nosotros, como mejicanos, ¿qué estamos haciendo? Te comparto que presentaremos en mayo, en París, un documento que estamos haciendo como sindicato con la colaboración de esta organización. Será una guía para los compañeros maestros indígenas, un sector muy importante y el más rezagado en términos socioeconómicos, pero al mismo tiempo origen de gran parte del orgullo que sentimos al expresar de dónde venimos. Lo estamos haciendo con la UNESCO porque nos parece que es ahí donde se debe estar, y no con lo que está haciendo la OCDE, obsesionada en medirlo todo. Sí hay que medir, para saber que no estamos parados. Pero no podemos hacer de la medición estandarizada y única el valor central de la educación. Hay que entender y enfrentar el desafío de las mediciones, pero, sobre todo, el valor humano de educar. Y así es cómo parece que deba empujarse a la UNESCO. También, porque queremos recordar a Don Jaime Torres Bodet, un mejicano que presidió esta organización hace muchos años (1948-1952). Fue secretario de Educación Pública dos veces y había sido secretario particular de Vasconcelos. Nos sentimos orgullosos de él.

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Manuel Menor

Profesor de Historia