Yo, la esclavitud infantil

“EL NIÑO DEBE SER PROTEGIDO contra toda forma de abandono, crueldad y explotación. No será objeto de ningún tipo de trata. No deberá permitirse al niño trabajar antes de una edad mínima adecuada; en ningún caso se le dedicará ni se le permitirá que se dedique a ocupación o empleo alguno que pueda perjudicar su salud o su educación o impedir su desarrollo físico, mental o moral” (Principio 9 de la Declaración de los derechos del Niño).

Si esto se llevara a cabo, yo no existiría, pero gozo de una muy buena salud. La trata y explotación sexual, el trabajo forzoso para pagar deudas, niños y niñas soldado, la mendicidad o el matrimonio infantil son distintas formas que adopto, pero todas tienen un nexo común: destruyo la infancia de quienes toco. Estoy en tu día a día, desde tu ropa hasta los minerales de tu móvil, y lo sabes.

Actúo con sigilo, extiendo mis redes para que nadie se dé cuenta. Es fácil con la ayuda de situaciones de pobreza, globalización y la consiguiente demanda de mercancías y mano de obra barata.

Aunque hay datos, no son más que la punta del iceberg, ya que no es fácil contabilizar un problema que se oculta bajo mafias y corrupción: Según Save The Children, cada año 1,2 millones de menores son víctimas del tráfico infantil. Entre 40.000 y 50.000 mujeres y niñas son víctimas de la trata de seres humanos, la mayoría de ellas con fines de explotación sexual (un 64,5% se iniciaron siendo menores). Unicef calcula unos 300.000 niños y niñas soldado en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), hay aproximadamente 15,4 millones de víctimas de matrimonio forzoso a cualquier edad y, de ellas, más de una tercera parte, son, en su mayoría, niñas. En torno a un millón de menores trabajan en minas, canteras, agricultura, pesca o servicio doméstico.

Tengo más arraigo en países de África, Asia, zonas del Pacífico y América, donde una tercera parte de la infancia queda fuera del sistema educativo. Sin embargo, gran parte de la explotación laboral y sexual de menores está destinada a países desarrollados que demandan sus productos a bajo coste. Mientras haya demanda (y, todo indica que, no solo se mantendrá, sino que irá en aumento), seguiré existiendo. A menos que la comunidad internacional decida actuar en base a considerar realmente que la infancia, su educación, es la esperanza de futuro de este planeta, pero eso no parece que vaya a ocurrir, hay demasiados intereses económicos y políticos en juego. Así que yo, tranquila.

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María Díaz

Secretaría de Políticas Sociales de FECCOO