¿Qué significa ser mujer?

A LO LARGO DE SU HISTORIA, LA MUJER SE HA VISTO ATADA a una definición prescriptiva de sí misma; anclada a un destino impuesto desde el dominio masculino que ha operado a través de la educación, la sociedad y la cultura.

La mediación ajena se ha encargado de definir la situación de las mujeres, afectando de manera directa al ejercicio propio de su libertad, así como a la construcción de su subjetividad.

Opresión y marginación

Si seguimos la línea interpretativa de Simone de Beauvoir, esbozada en El Segundo Sexo (1949), podemos comprender a fondo en qué ha consistido ser un ser humano encasillado dentro del género “mujer”. Con su célebre frase “No se nace mujer: se llega a serlo”, pone de manifiesto que la categoría antropológica “mujer” no hace referencia a un sujeto natural constituido, sino que muestra más bien ser el resultado de las acciones propias del sujeto, al entrar en escena el uso de la libertad como característica propia de todo ser humano… o que, al menos, debiera serlo. La cuestión radica en que las mujeres se han visto insertas en una situación de opresión y marginación que ha pretendido imponérseles hasta el punto de determinarlas de manera esencial, como pone de manifiesto a través del estudio de los factores situacionales que han operado en contra de las mujeres.

La situación sociocultural que envuelve a las mujeres ha pretendido definirlas de forma cerrada, basándose en los atributos del sexo biológico como fuente de determinación necesaria para su identidad, naturalizando la subordinación y la desigualdad. En realidad, la mujer no es nada más que lo que hace de sí misma, el problema está en que la mediación ajena ha construido su identidad de manera esencial, cerrándole las puertas a su libertad. Su identidad ha sido definida en función de la opinión externa dominante, que es precisamente la masculina. Aquello edificado culturalmente sobre la existencia de la mujer, apelando a los ámbitos de la biología, la psicología, la tradición y la economía –como modo de justificar su supuesta inferioridad– implica un destino ligado a una posición subordinada dentro del ámbito social.

Con la intención de arrojar luz sobre el hecho de que la mujer no nace con las características que pretenden atribuírsele a la feminidad, Beauvoir da cuenta de que estas últimas se adquieren a consecuencia del condicionamiento sociocultural al que las mujeres se encuentran constantemente sometidas desde la infancia. La mujer carga a sus espaldas el peso de una tradición que la relega a la inferioridad, definiéndola siempre desde la alteridad.

Los hombres han tenido en sus manos el destino de las mujeres: han creado su identidad, logrando marginarlas al ámbito de lo inesencial, a la facticidad de la inmanencia infligida; como si el hecho de que una persona nazca siendo definida como mujer conllevase de entrada un determinismo biológico y cultural. De ahí que los aportes de Beauvoir resulten tan significativos, pues abren paso a la desnaturalización de la situación de las mujeres. La mujer no es un sujeto natural ni una esencia predeterminada, sino más bien un sujeto que ha sido construido en función de la peculiar forma de ser que han hecho de ella. Su situación histórica la condiciona, pero no impone determinismo alguno por cuanto es contingente, lo cual quiere decir que puede llegar a cambiar.

Perspectiva feminista

Está en manos de las mujeres cambiar su situación actual, para lo cual consideramos vital una visión de los hechos narrada desde una perspectiva feminista. Así, comprendiendo a fondo en qué ha consistido ser mujer a lo largo de la historia, estaremos en condiciones de introducir cambios significativos de cara al presente y al futuro. La toma de consciencia resulta fundamental para que las mujeres, dueñas de nuestro destino, podamos definirnos en función de aquello que queremos ser y no a partir de lo que se espera que seamos.

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Marianna Romero

Pensadora transversal Graduada en filosofía por la UCM