El relato de dos mujeres pintoras en el Prado

NO ES UNA EXPOSICIÓN MONOGRÁFICA SOBRE MUJERES PINTORAS ni sobre las múltiples aportaciones documentadas de las mujeres en el mundo del arte. Pero sí una importante llamada de atención sobre las aportaciones femeninas al mundo artístico hasta ahora silenciadas.

Noli me tangere. Lavinia Fontana. Óleo sobre lienzo, 1581. Florencia, Galleria degli Uffizi, Galleria delle statue e delle pitture.

No es la primera vez que el Prado exhibe pintura hecha por mujeres: expone un breve puñado. Es probable, incluso, que en la medida en que los estudios técnicos resuelvan atribuciones imprecisas, haya algunas más. No es improbable que no deba modificarse alguna cartela de cuadros supuestamente pintados por hombres. En otras áreas expresivas, como la literaria, hoy sabemos, por ejemplo, que Mª José Lejárraga es la autora real de casi todo lo que lleva el nombre de Martínez Sierra. Tampoco es primerizo el Prado en dar brillo expositivo a una pintora. En 2016, se lo dio a Clara Peeters (Bélgica-1594/Amberes 1622?), considerada una de las iniciadoras del bodegón en los Países Bajos. Ya en esa exposición se evidenció la dificultad que en la Edad Moderna tenían las mujeres para el aprendizaje pictórico y la excepcionalidad de que sus pinturas estuvieran colgadas en museos importantes.

 

Mujeres artistas

Esta muestra sobre dos pintoras italianas, Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana, tiene especial interés. Ante todo, porque se inscribe en una dinámica que, desde hace cincuenta años, sacude la perspectiva dominante de la Historia del Arte y de la consiguiente museografía para ampliar sus perspectivas. Se apunta así a la relativamente reciente historia del protagonismo de la mujer en la vida colectiva, lo que implicaba tomar posición respecto a supuestas incapacidades de las mujeres y en cuanto a los déficits que arrastraba su supuesta igualdad legal con los hombres. Fue todavía en 2000 cuando George Duby y Michelle Perrot coordinaron una pionera Historia de las mujeres en Occidente. Esta autora se había preguntado en 1984: Une histoire des femmes estelle posible? A propósito de la pintura, Linda Nochlin había hecho una pregunta similar en 1971, en su célebre artículo en Arts News: ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”. En 1987, Estrella de Diego ya había encontrado cuatrocientas pintoras olvidadas, y algunas más, en La mujer y la pintura del XIX español. Y muy parecido había sucedido con la presencia femenina en la música, en que la primera reivindicación explícita en España fue hecha por Joaquina Labajo en 1981 con “Música y Mujer: vida de sociedad en la España de 1900” (Ritmo, vol. 52, nº 516).

La reina Ana de Austria. Sofonisba Anguissola. Óleo sobre lienzo, 1573. Madrid, Museo Nacional del Prado.

No es poco tratar de romper la unicidad de mirada dominante en el mundo artístico, donde todavía es tan “natural” la hegemonía masculina. Adicionalmente, esta exposición nos adentra en las razones por las que a algunas mujeres les fue posible –pese a los rígidos tiempos contrarreformistas– dedicarse profesionalmente a la pintura y deja constancia de que lo hicieron con gran mérito. No todos los medios sociales propiciaron por igual esas rupturas referenciales. Haber nacido en casa noble, como Sofonisba, o entre padres artistas, como Lavinia, les facilitó el camino de la igualdad comparativa con los hombres. Basta ver los temas que abordaron. Más allá de lo que les había sido permitido a las mejor dotadas, ordinariamente anónimas, pintaron la vida social de su época e, incluso, de personajes de la corte, pues Sofonisba vivió 14 años en la España de Felipe II. Atendieron encargos religiosos relevantes y trataron con gran soltura los de carácter mítico, pese a que el tratamiento del desnudo era especialmente prohibido a las mujeres. Su modo de hacer es tan similar al de cualquier taller masculino, y de tal calidad, que ambas pintoras son un ejemplo paradigmático del sinsentido de la ocultación de la profesionalidad que solía imponerse a las mujeres.

 

Ausencias

El conjunto de las 75 obras que aquí se muestra es, por tales motivos, extraordinario, y probablemente quiera ser algo más que un mea culpa. Según anunció el director del Museo, es propósito del Prado dar más visibilidad a las mujeres pintoras con otra exposición temporal en mayo de 2020. Según avanza la web de los Amigos del Museo del Prado, bajo el título Las invitadas abarcará de 1833 a 1931 y pondrá de manifiesto el diversificado papel activo de la mujer en el arte pictórico en ese período. Otra parte de este propósito, consistente en colgar permanentemente más obra femenina, parece haberse relegado a la ampliación efectiva del Museo al Salón de Reinos. Pero este proyecto colateral, deseable para cerrar bien el Bicentenario, por cuestiones de disponibilidad presupuestaria todavía deberá esperar. También se irá viendo la amplitud cualitativa de la enmienda, pues de las 8.000 obras que actualmente tiene catalogadas este Museo Nacional, solo cuatro son de mujeres. Que en Twitter hayan votado en septiembre a favor de que El Cid, de Rosa Bonheur, esté colgado en la sala 63A no parece sino una leve operación de marketing; desde 1879, en que este cuadro fue donado al museo, han tenido tiempo para mostrar otra “normalidad” de género.

Hay un ejercicio complementario que los visitantes pueden hacer si están interesados en la presencia de mujeres en la pintura y sus museos. Averigüen en los libros de texto de sus hijas e hijos si, como mucho, están los nombres de Remedios Varó y Maruja Mallo. Y quienes quieran ver gráficamente el acierto de su investigación, al final de la visita a esta muestra vean como colofón una muy didáctica intervención de María Gimeno: Habitando ausencias. Cualquier libro de Historia del Arte permite hacer un trabajo similar al de esta artista zamorana. El de Gombrich, que tanto ha colonizado la mirada de los estudiantes españoles, es el que le sirve para diseccionar, siglo a siglo, qué le falta a ese manual y a la inmensa mayoría de los museos.

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Manuel Menor

Profesor de Historia