La enseñanza digital y el desafío de los paradigmas docentes tradicionales

COMO SI DE UN RELATO BÍBLICO SE TRATASE, LA HISTORIA PRETENDÍA CONTAR QUE DE REPENTE LLEGÓ EL VIRUS, se suspendieron las clases, la gente se metió en su casa y la educación se hizo digital, virtual e interactiva. Nadie debía preocuparse, porque las horas de clase iban a ser sustituidas por tareas enviadas a los estudiantes y contacto en línea con sus docentes.

La realidad es que una transición como esta no deja sitio para los milagros. Es cierto que una parte de las labores cotidianas de la educación pueden hacerse a través de un dispositivo, pero para ello deben adaptarse a una nueva realidad comunicativa. Y no todas las actividades pueden ser digitalizadas.

No es lo mismo sostener una conversación cara a cara que hacerlo con una pantalla de por medio. De hecho, la generación que ahora llena los institutos tiende a considerar que la conversación es un arte antiguo y complicado frente al envío de mensajes: cada vez se habla menos por teléfono y se mandan más imágenes y textos. Como explica la antropóloga Sherry Turkle, la comunicación presencial obliga a mantener la fachada social y no es editable: tenemos que estar pendientes de ella y, si metemos la pata, no hay forma de volver atrás. Frente a esta incómoda realidad, la comunicación mediada promete que uno será quien quiere ser y no meramente quien es ahora. En Internet nadie sabe que eres un perro, decía el viejo chiste.

 

Escuela digital

Una clase llena de estudiantes frente a un docente es una situación comunicativa presencial pero peculiar, en la que confluyen varias dimensiones. Hay una obligación institucional frente al currículo, una relación personal de gente que comparte horas cada día y un intercambio de ideas y conocimientos asimétrica. Una clase exitosa hace que estas tres dimensiones se entrelacen dinámicamente: no basta con que el profesorado maneje la materia, también tiene que lograr que su alumnado se interese y transmitirla de forma inteligible, y además lograr que aprueben los exámenes para pasar de curso o entrar a la universidad.

Esta multiplicidad de dimensiones implica un esfuerzo constante para el profesorado, pues no hay interlocutor único al que atender: la clase no es una unidad, es una multiplicidad de personas, cada una con sus situaciones diversas en ese momento. Los buenos docentes son capaces de atender a los cambios en función de la información que reciben del entorno: quienes pueden aprovechar una noticia de actualidad para interesar a su alumnado en un tema, quienes pueden darse cuenta de que la estrategia comunicativa empleada no está resultando y que es necesario explicar ese asunto de otra manera, con otro ejemplo o con otro enfoque.

Enseñar en modo digital no es simplemente pasar las clases y las tareas por un ordenador: requiere redefinir radicalmente los trabajos a hacer

Desafíos en línea

En una clase en línea, esta retroalimentación no es fácil de obtener. La mayoría de los sistemas que permiten transmitir la clase en directo tienen notables limitaciones para lograr la interacción con todo el grupo. En estos días en que muchos centros intentan solventar el aislamiento de los estudiantes con clases por Internet, descubrimos que muchas veces las infraestructuras de comunicación y el propio software no están preparados para aguantar a tantas personas conectadas a la vez. Que los centros de soporte no están dimensionados para dar respuesta a los problemas de tantos usuarios. Que ni estudiantes ni profesorado están familiarizados con el sistema y que, por tanto, los errores se suceden y entorpecen la clase, cuando no la hacen imposible. Y que, aun resolviendo todas estas circunstancias, no es fácil atender a todo un grupo cuando los estudiantes no forman una unidad frente a quien dirige la sesión, sino que son un agregado de individualidades, cada uno tras un dispositivo.

Uno de los problemas principales es captar su atención. Si ya es complicado cuando están confinados en un aula y bajo la mirada del profesorado, lograrlo cuando están parapetados tras el ordenador es realmente arduo. Los estímulos se suceden y no existe la presión grupal que te impide levantarte y dar una vuelta. Además, la atención de las pantallas es selectiva y breve: Twitter nació limitando el número de caracteres de sus mensajes por esa razón en concreto.

 

Modo digital

Enseñar en modo digital no es simplemente pasar las clases y las tareas por un ordenador: requiere redefinir radicalmente los trabajos a hacer. ¿Qué sentido tiene apelar a la memoria para realizar un trabajo cuando están frente a un ordenador que ofrece todos los datos imaginables que puedan ser necesarios? Lo que no puede hacer el ordenador es relacionarlos, insertarlos en argumentos, utilizarlos para rebatir a otros. Necesitamos estrategias que movilicen habilidades digitales para captar la atención del estudiantado actual, muchas de las cuales siguen teniendo valor en el mundo analógico.

Sobre todo, la comunicación por Internet ofrece una posibilidad de modificar tiempos y espacios. Si el estudiante se despista en la clase, no tiene forma de rebobinar y empezar de nuevo. Pero eso es posible lograrlo en la versión digital. ¿Por qué ofrecer entonces las clases en directo y no grabadas?

Durante estos días es imposible saber en qué situación están nuestros estudiantes, así que no podemos suponer que estarán disponibles en el horario de clase. No se trata de meter las clases en el ordenador y pretender que nada ha cambiado: se trata de asumir que la comunicación mediada por dispositivos tiene reglas diferentes e intentar adaptar la docencia a ellas. Puede que no tengamos la formación necesaria, pero algo sabemos de cómo funciona la comunicación en la era de los móviles y las tabletas. Y una clase no deja de ser una situación de comunicación que necesita adaptarse a las circunstancias y, sobre todo, a unos protagonistas que sufren una situación nueva, inquietante y plena de incertidumbre. Nuestro desafío como docentes es dar respuesta a esta realidad.

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Héctor Fouce

Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense de Madrid