Covid-19 y formación inicial del profesorado

LA CRISIS PRODUCIDA POR LA PANDEMIA HA SUPUESTO PARA LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA un examen sobre su forma de enseñar y su modo de adaptarse a un escenario, el de la docencia a distancia, que, si bien aparecía en su horizonte como una opción a implantar de manera progresiva y que ya había sido puesta en marcha en alguna de estas enseñanzas, ha debido hacerlo de manera precipitada y sin un espejo en el que reflejarse y compararse adecuadamente con experiencias previas.

Solo el tiempo nos dirá si estos meses significarán un cambio de perspectiva en la institución o si tan solo será un paréntesis.

El efecto del estado de alarma y de la suspensión de la docencia presencial en las facultades de Educación ha incidido doblemente en el proceso formativo de su alumnado: de un lado, condicionando y replanteando las asignaturas que se estaban impartiendo; y, de otro, en las prácticas curriculares (en la mayor parte de las ocasiones, pertenecientes a titulaciones de carácter habilitante) que su estudiantado estaba realizando, o que aún no había comenzado en los centros escolares.

El paso de un proceso de enseñanza-aprendizaje basado en la docencia presencial (con el importante peso del trabajo autónomo del alumnado derivado ya de los planteamientos impulsados por Bolonia) a un escenario de docencia a distancia, a pesar de los inconvenientes que ha supuesto para el estudiantado, el profesorado y los equipos gestores, puede ser aprovechado y visto como un “laboratorio” en el que aprender cómo hacer y desarrollar estos nuevos contextos de enseñanza y aprendizaje, del que no podemos sustraernos en una sociedad dominada por las tecnología de la información y la comunicación.

Sin embargo, a pesar de lo inevitable, nunca debemos obviar la importancia de la docencia presencial, del contacto directo, de las cuestiones que tienen que ver tanto con el conocimiento como con los afectos y que no puede ni debe desaparecer de nuestro mundo educativo, porque cumple objetivos y expectativas que no pueden ser sustituidos por un ordenador o cualquier otro artefacto tecnológico en la distancia.

Usos y posibilidades

Lo que está ocurriendo en el mundo de la educación en esta crisis debe, además, ser visto con perspectiva crítica, rescatando y poniendo en valor todas aquellas prácticas realizadas y que realmente potencian las competencias digitales (del profesorado y del alumnado), y no viendo más allá de la docencia presencial adaptada a nuevos soportes otras en las que solo ha cambiado el espacio en el que interactúan los sujetos: por ejemplo, sustituir el libro de texto por una tablet o convertir el PowerPoint que se utilizaba en el aula por una presentación del mismo tipo a la que se incorpora la voz del docente. Esta situación ya ocurría en las aulas (físicas), en las que la llegada de estos medios no ha producido en muchas ocasiones el cambio deseado al no desarrollar adecuadamente sus potencialidades. No cabe duda de que las nuevas tecnologías deben incorporarse a la escuela, pero realizando una revisión de su concepción, usos y posibilidades.

Creo que no es necesario recordar la importancia del prácticum en nuestras facultades, espina dorsal de nuestros planes de estudio de grado y máster, experiencias en contextos reales gracias a las cuales el alumnado es capaz de adquirir competencias que solo se consiguen en el aula. Un repaso por las incluidas en las memorias de nuestros títulos nos lleva a hablar de “conocer y aplicar los procesos de interacción y comunicación en el aula” o “dominar las destrezas y habilidades sociales necesarias para fomentar un clima que facilite el aprendizaje y la convivencia”, difíciles de conseguir en las soluciones adoptadas por los centros dedicados a la formación inicial del profesorado como medidas urgentes y extraordinarias coordinadas desde la Conferencia de Decanas y Decanos de Educación.

Sin embargo, a pesar de esta limitación, el paso de prácticas presenciales a su versión a distancia diseñadas por las facultades de Educación debe ser también visto como una oportunidad para que nuestro alumnado experimente, junto al profesorado de los centros y de la facultad, este tipo de docencia, y adquiera conocimientos y habilidades para enfrentarse a su futura vida profesional.

Esta perspectiva ha sido considerada ya en el diseño de estos planes y creo que ha servido para compensar esas otras competencias que la vida en un aula presencial les hubiera reportado, y que volverán a ser recuperadas y puestas en valor en las sucesivas prácticas que se realicen en nuestros centros. Es, por tanto, un tiempo para ensayar nuevas formas de acercar el conocimiento al alumnado.

Por último, este escenario en el que nos movemos ha sacado a la luz diversidad de cuestiones abordadas en la formación inicial del profesorado que están siendo testadas y que nos deben llevar a reafirmar su importancia a la hora de formar al futuro profesorado: ¿para qué sirve la escuela?, ¿la escuela como lugar de reproducción o transformación social?, ¿cómo es la relación familia-escuela?, entre otras.

Permítanme citar solo una: las desigualdades sociales que vienen manifestándose en esta crisis en las diferentes formas de afrontar esta nueva situación educativa dependiendo no solo del acceso a los medios tecnológicos (la primera o segunda brecha digital), sino también del capital cultural poseído por las familias del alumnado, resulta determinante para vivir esta nueva experiencia educativa de uno u otro modo, o incluso de la forma de gestionar la incertidumbre, el miedo y el futuro que nos espera.

No debemos olvidar la importancia que la escuela, a pesar de todas las críticas que puedan hacerse a su funcionamiento, tiene para algunos colectivos como palanca de transformación de su situación de exclusión social.

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Marta García Lastra

Decana de la Facultad de Educación de la Universidad de Cantabria