¿Hay lugar para la esperanza?

EN UN ENCUENTRO CONVOCADO RECIENTEMENTE POR SAVE THE CHILDREN CON EXPERTOS Y EXPERTAS DE LA EDUCACIÓN, junto a representantes políticos de los gobiernos de España y de Andalucía, se pasó a los y las asistentes una encuesta con tres preguntas que hacían referencia a otros tantos escenarios posibles: que el sistema educativo seguiría como está; que cambiaría para mejor; o que aumentaría la desigualdad y empeoraría sus indicadores. La respuesta fue clara y rotunda: el sistema educativo se verá afectado negativamente por la pandemia, aumentando la desigualdad y la segregación.

Esta visión pesimista y desconfiada tendría que ver con el impacto de las políticas educativas, de baja intensidad, llevadas a cabo desde las diferentes administraciones. Con la falta de ideas claras, con la falta de cohesión, solidez y transparencia de los planes de acción, con la ausencia de una firme voluntad de invertir más y mejor teniendo como objetivo las personas más débiles y necesitadas, y, en general, con la debilidad de todas aquellas políticas necesarias para consolidar un sistema democrático más justo y equitativo. ¿Hay lugar para la esperanza?

Los últimos informes elaborados por diferentes entidades de carácter internacional, entre ellos el de Panorama de la Educación 2020 de la OCDE o el de la Internacional de la Educación (IE) que comenta dicho documento, recogen importantes ideas respecto al presente y al futuro inmediato de la educación: problemas y retos. Sabiendo lo que nos está deparando la crisis sanitaria, tenemos los conocimientos, la tecnología y el capital suficiente para aprovechar la crisis como el punto de partida de un cambio radical del sistema educativo.

De esos problemas y retos hemos recopilado aquellos entre los cuales coinciden diversos informes internacionales:

  1. La recesión económica no debe ser una coartada para no situar a la educación en el centro de la inversión y de la agenda política. Nuestro país necesita un esfuerzo de reactivación de un compromiso renovado con el Objetivo de Desarrollo Sostenible de Educación, para restablecer el optimismo y la esperanza en la población joven, una de las más castigadas por la precariedad laboral y el paro.
  2. Proteger la financiación de la educación de los vaivenes políticos y económicos es proteger el futuro de un país. Diversos informes advierten que utilizar el PIB como referencia para calcular la inversión en educación es cada vez menos fiable. Es probable que los PIB se reduzcan, en muchos casos significativamente, y será bastante posible que los países demuestren que gastan más en educación como porcentaje de sus PIB cuando, en realidad, la financiación se está recortando.
  3. La reducción de la ratio de alumnado por profesor es, en este momento, un elemento de prevención y control sanitario. En diferentes informes internacionales, una vez más se reflejan las dudas sobre cualquier correlación entre el número de estudiantes de un aula y sus logros, pero al mismo tiempo se indica que las aulas muy numerosas encontrarán más dificultades para aplicar las medidas de seguridad higiénico-sanitarias que en estos momentos exige la pandemia. Los países con clases menos numerosas tendrán más fácil cumplir las restricciones de distanciamiento social. En síntesis, las pruebas de que las ratios altas contribuyen al agotamiento del personal docente se han visto complementadas ahora por la necesidad de reducir el número de estudiantes por clase por motivos de salud.
  4. Ha cambiado el tiempo que el profesorado dedica a la docencia. La adopción del aprendizaje a distancia y mixto a causa de la pandemia, así como la vuelta escalonada del alumnado, va a dar lugar a exigencias nuevas e imprevisibles que no se pueden cuantificar usando las mediciones anteriores y que tendrán que verse reflejadas en su salario y en sus condiciones laborales y profesionales. “El hecho de que los salarios reales de los docentes sean el 80%-94% de los ingresos de personas trabajadoras con cualificaciones equivalentes de otros sectores, refleja la brecha general en los salarios, y el hecho de que los sueldos del profesorado siguen siendo inadecuados”, recoge un comentario de la Internacional de la Educación (IE) al Informe de la OCDE de 2020.
  5. Siguiendo con el profesorado, hay que analizar si su formación es la más adecuada para el nuevo escenario en el que ha de trabajar: no existe una “nueva normalidad”. La gramática tradicional de la escuela –una hora, un docente, una materia, un grupo– ha quedado superada, y necesitaremos un profesorado formado para trabajar proyectos y problemas, más cooperativo tanto como colectivo como en relación con la comunidad educativa, y con unos tiempos de trabajo que respondan más a las necesidades de las actividades.
  6. Un nuevo profesorado para un nuevo currículo, con la vista puesta en la interdisciplinariedad y transdisciplinariedad. Se pueden crear espacios de contenidos más amplios que faciliten el enfoque competencial. Los centros deberían tener más autonomía para construir el currículo y seguir el ejemplo de Portugal donde pueden desarrollar hasta un 75% de él. Pero esta autonomía no debe convertirse en un instrumento para modificar la oferta educativa, dando lugar a una “especialización curricular” y a la selección del alumnado a través del currículo, sino que este debe adaptarse según las necesidades del alumnado.
  7. Hay que avanzar hacia currículos más flexibles, mejor organizados, con menos contenidos. Pero al final es la metodología, el cómo enseñar, la que posibilita que el alumnado aprenda: los centros y el profesorado deben prestar mucha atención hacia este elemento. “Hay metodologías que hacen imposible crecer en la competencia. Hay que avanzar hacia el aprendizaje por proyectos y problemas, con estructuras cooperativas, superar la gramática tradicional de la escuela –una hora, un docente, una materia, un grupo– por la codocencia, la hiperaula, con tiempos que respondan a las necesidades de la actividad y no a un horario rígido”, dice Elena Martín, catedrática de Psicología de la Universidad Complutense.
  8. El aprendizaje a distancia tiene sus límites, especialmente para el alumnado desfavorecido, y las primeras pruebas indican que la brecha en los logros del alumnado que procede de contextos favorecidos y desfavorecidos se ha ampliado significativamente. La pandemia ha puesto en evidencia la fragilidad del sistema social y del modelo económico y político: sus debilidades y desigualdades. Esto ha quedado especialmente patente en la educación. Es razonable predecir que esas disparidades se habrán exacerbado por los efectos de la Covid-19, y que el gasto público a largo plazo está en riesgo a pesar de las medidas de estímulo a corto plazo. Por tanto, se necesitarán políticas educativas e inversiones económicas destinadas a las personas y a los colectivos más débiles y necesitados. En este sentido será muy importante la coordinación de las diferentes administraciones, central, autonómica y local –es fundamental que se devuelvan competencias y recursos a los ayuntamientos– y la colaboración con organizaciones no gubernamentales de reconocido prestigio nacional e internacional en el campo de la educación y de la emergencia educativa.
  9. Al reto del aprendizaje a distancia y en línea, se une el de las prácticas en la Formación Profesional (FP). Un problema que no ha suscitado gran interés mediático ni social, pero que es determinante en la formación del alumnado que cursa estos estudios. En la FP, las prácticas en el trabajo son esenciales. Sin embargo, con el confinamiento, ha sido imposible llevarlas a cabo. La pandemia tuvo lugar en un momento en el que la FP ya acaparaba poca atención de las políticas y carecía de la financiación adecuada. En estos momentos de crisis, los trabajadores y trabajadoras con titulaciones de FP son esenciales para los servicios públicos, y lo serán aún más a futuro. Son de gran importancia para promover sociedades resilientes. En un nuevo pacto por la educación se le debe dar a la FP el mismo protagonismo que al resto de las enseñanzas y que a la universidad. En esta tarea los sindicatos de la educación están llamados a desempeñar un papel fundamental.
  10. “…No hay utopía verdadera fuera de la tensión entre la denuncia de un presente que se hace cada vez más intolerable y el anuncio de un futuro por crear, por construir política, estética y éticamente entre todos, mujeres y hombres”, como decía Paulo Freire.

Entonces, ¿hay lugar para la esperanza? La esperanza en la educación y la confianza que esta debe suscitar en la sociedad son fundamentales para encarar el futuro. Como escribía Celaya sobre la poesía, la educación es un arma cargada de futuro, pero podríamos decir también, sin temor a equivocarnos, arrinconada por otras prioridades económicas y políticas. Los expertos y las expertas en economía y finanzas destacan la importancia para los mercados de la confianza, pero nadie destaca lo importante que es la confianza en la educación: en su teoría, en su política educativa, en su práctica pedagógica y como elemento fundamental para la convivencia.

Si a las ideas y a las cuentas claras sumamos los saberes acumulados por la humanidad, así como más civismo y más democracia, además de la confianza necesaria, tendremos un punto de apoyo para la esperanza.

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Pedro Badía

Secretario de Política Educativa de FECCOO