El sonido como objeto expositivo

LA MÚSICA ES EVANESCENTE. Se disipa al concluir, dejando tras su paso únicamente el rastro sobre nuestra memoria. Es como si cada vez que quisiéramos ver Las Meninas tuviéramos que pedir a un artista que las pintara para nosotros con una pintura que se desvaneciera completamente después de dar la última pincelada.

(Foto: Auto Sacramental Invisible. Una representación sonora a partir de Val del Omar. Museo de Arte Reina Sofía)

De ahí que la función del intérprete musical sea tan indispensable como abnegada, abnegación que comparte con otros protagonistas de las artes efímeras o temporales: la danza y el teatro.

El deseo de anclar la música en el tiempo nace con ella. Una de las primeras soluciones fue repetirla en círculos interminables, dando lugar a rituales que nos ponen en contacto con lo trascendente. Otra aspiración fue encomendarla a autómatas que nos liberen de la servidumbre que supone su ejecución, anhelo legendario que veremos culminar con la robótica. La cristalización de la música desde hace mil años sobre las partituras no la exime de la interpretación, pero sí de un intérprete concreto, facilitando que sobrevuele telepáticamente sobre siglos, generaciones y continentes. Y, desde finales del XIX, los registros sonoros han atrapado la huella sonora en unos reproductores que hoy nos brindan el repertorio universal sin soporte físico. Solamente hay que abrir el grifo de Internet para que salga la música, como el agua por la ducha, generando un portentoso tejido social a través de esas tuberías.

Tales batallas y reflexiones se plasman en cuatro iniciativas sonoras que han coincidido en el Museo Reina Sofía de Madrid. La música ha llenado espacios habitualmente consagrados a las artes plásticas, con la intención de dialogar desde lo inmaterial. La musicóloga Maike Aden ha sido la comisaria de Disonata: Arte en Sonido hasta 1980. Ha mostrado la confluencia de las artes alrededor de la música en las vanguardias, que desembocaron en acciones, esculturas, instalaciones, poesías y obras sonoras fundamentales, extraordinarias y estimulantes. Al mismo tiempo hemos podido ver la exposición Audiosfera, Experimentación Sonora: 1980-2020, de Francisco López. Ha sido una selección de más de setecientas audio-creaciones (incluyendo numerosos encargos) que se podían escuchar libremente a través de dispositivos individuales con bluetooth. Estaban organizadas en siete grandes salas temáticas. Austeras, vacías, con luces suaves y elementos de descanso, invitaban a sentarse y a escuchar.

En otra sala del mismo museo, el artista Niño de Elche reconstruyó la fantástica instalación Auto Sacramental Invisible, concebida por José Valdelomar (1904-1982) entre 1949 y 1952 para luces y sonidos, recuperando un “eslabón perdido” y una gran figura de la vanguardia en España. Por último, Concha Jerez ha llenado de voces escaleras y espacios subalternos con Lo que se dice y lo que se calla.

La música, aunque sea invisible y evanescente, también cabe en los museos y los llena de magia.

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Víctor Pliego de Andrés

Catedrático de Historia de la Música en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid