La fuerza de la clase obrera organizada

LAS PERSONAS JÓVENES QUE TRABAJAMOS EN LA ENSEÑANZA PÚBLICA nos enfrentamos a retos que quienes se están jubilando en estos momentos no han tenido que hacer frente.

El gasto público en educación sigue siendo inferior al de la época previa a la crisis de 2008 debido a la aplicación de la austeridad. La implantación de las políticas neoliberales está transformando, unas veces de forma drástica y otras con sutilidad, la escuela.

Respecto a las condiciones laborales del profesorado, hemos asistido a su empeoramiento. A pesar de que sigue siendo una de las profesiones más estables para quienes procedemos de la clase obrera, el deterioro es innegable.

Esta situación la podemos observar en diversos ámbitos: desde la creciente precariedad materializada en el aumento de las medias jornadas o una tasa de interinidades desbocada, hasta la individualización de las relaciones laborales con complementos salariales como la “evaluación docente” en Asturias, que implica la negociación individual de una parte del salario con la dirección del centro, o la selección de personal interino por parte de los equipos directivos que se produce en Cataluña.

Noble objetivo

Estas medidas siempre han sido justificadas con el noble objetivo de mejorar la enseñanza, motivar al profesorado para mejorar, incentivar el desarrollo de proyectos educativos innovadores, etc. Sin embargo, los tan anunciados resultados de esas medidas no han producido mejora alguna en el sistema educativo. Esta influencia del neoliberalismo no afecta solo al profesorado, sino que ataca a las futuras generaciones mediante una retórica progresista que esconde un fondo reaccionario. Así, a la falta de inversión en la educación pública y el completo abandono de su función compensadora y de ascensor social, se le suma un cambio en los objetivos de los currículos educativos.

El Gobierno, en el desarrollo curricular de la LOMLOE, sigue la estela del PP y, lejos de proponerse formar ciudadanía crítica, plantea situar el objetivo en los “perfiles de salida” –laboral– del alumnado, es decir, formar mano de obra que acepte como norma la precariedad y la falta de estabilidad… En otras palabras, desarrollar la adaptabilidad y flexibilidad del alumnado.

En estos currículos se vulnera cada vez más la libertad de cátedra del profesorado, mediante la prescripción de una serie de metodologías casi mágicas encaminadas a motivar al alumnado y acabar con el fracaso escolar. De esta forma, el peso o culpa de los malos resultados académicos ya no es colectiva ni una falta de inversión en la escuela pública, sino que el error es individual, de una persona concreta: de quien fracasa. Igualmente, se fomenta el sentido y espíritu emprendedor, y se introducen asignaturas encaminadas a la búsqueda de soluciones individuales a problemas estructurales.

El aprendizaje por competencias es otro de los caballos de Troya del enfoque neoliberal. Esta metodología, que es elogiada por motivadora, integral e inclusiva, tiene, desde su origen, el objetivo de formar a la futura mano de obra que pueda adaptarse a un entorno laboral cambiante. No se puede negar tampoco el desplazamiento que sufre el conocimiento en este enfoque por competencias. En los centros educativos, parte del tiempo destinado al aprendizaje de la biología, la historia, el latín o la física se debe dedicar no a la transmisión de conocimientos que no son por sí mismos útiles, sino a la realización de actividades en las que importa más el producto que la información que se transmite o el conocimiento que se adquiere.

Suplir carencias

La escuela pública no es ya el lugar en el que la clase obrera suple las carencias culturales asociadas a su origen sociocultural y adquiere conocimientos que faciliten su emancipación. Tampoco es el espacio en el que el Estado forma a una ciudadanía en los valores cívicos y democráticos. Es, cada vez más, una escuela de formación inicial, que se ahorra a las empresas, que obtienen así trabajadores y trabajadoras con una serie de saberes básicos y, sobre todo, muy competitivos entre sí, concienciados de la necesidad de autoformarse durante toda su vida y de ser lo más empleables posibles.

La gran y eterna reivindicación del profesorado, que es la bajada de la ratio de alumnado por aula, también queda desplazada, y no solo donde gobierna la derecha. Así, en palabras de la consejera de Educación de Asturias (PSOE), “hay que desligar la calidad educativa del número de alumnos en un aula”, a lo que añade que “está claro que en un grupo de 15 se puede trabajar muy bien, pero también en el de 25 con metodologías activas, aprendizaje por proyectos, docencia compartida, trabajo equipo, nuevas tecnologías…”. La dirección que tomarán las políticas educativas en el futuro es clara: negar las necesidades materiales mientras se construye un discurso lleno de soluciones mágicas y vacío de recursos económicos.

Todo esto puede sonar desalentador, pero tenemos la solución en frente. Es prioritario que la analicemos, la estudiemos y le demos respuesta. El sindicato sigue siendo hoy en día el espacio para hacerlo. Es el espacio de reflexión y de acción, donde el profesorado debe organizarse para hacer frente a las políticas neoliberales y formarse para poder construir una escuela pública emancipadora, al servicio de la clase obrera, que sea capaz de compensar las desigualdades. El sindicato es la fuerza de la clase obrera organizada. Para organizarse, para construir un espacio de resistencia y para defender los derechos laborales.

Para luchar por una educación pública de todas y para todas, hay que afiliarse a Comisiones Obreras.

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Marta Fernández García

Profesora de ESO en Asturies