Educar para el desarrollo sostenible

EN ESPAÑA GENERAMOS UNOS 575 KILOS DE RESIDUOS al año por persona, 760 en Estados Unidos, o «lo que es lo mismo, una ingente cantidad de recursos naturales desperdiciados».

Reducir, reusar y reciclar debiera ser el objetivo de toda la población, como ya lo es de un sinfín de activistas que han emprendido el camino hacia los ‘cero residuos’, como señala Annie Leonard, autora del documental “La historia de las cosas”[1] , un auténtico viaje al fondo de la tierra y todo lo que los humanos estamos haciendo con ella. Señala que deberíamos mirar más en nuestros propios cubos de basura, y darnos cuenta de que muy poco de lo que tiramos es realmente desechable: mondas de fruta y verdura, restos de comida cocinada, envases de plástico, servilletas de papel, trapos sucios… lo que llamamos desechos son sobre todo recursos.

Señala que, al igual que ocurre con los desechos, el sistema tiene la virtud de esconder las consecuencias de lo que consumimos desde el lugar de origen, casi siempre remoto, casi siempre a expensas de la explotación laboral, la corrupción política y el deterioro ecológico. Aunque nos esforcemos por reducir el cubo de la basura, la mayor cantidad de desechos es la que produce la industria. Y ahí es donde la presión social y la acción política son fundamentales. Sensibilizando y participando en la elaboración de legislación de responsabilidad productiva en todo el planeta. Si pensamos que el 80% del impacto de un producto se decide en la fase de diseño, ciudadanos y ciudadanas podríamos jugar un papel muy activo y competente, diseño sostenible con reconocimiento social.

Debemos cambiar nuestras pautas de producción-consumo pues es lo que causa las alteraciones climáticas globales. Tomamos más recursos de los que necesitamos y que el planeta puede soportar, la gente está cambiando su relación con las cosas, no hace falta poseerlas y acumularlas, sino simplemente tener acceso a ellas, reusándolas, intercambiándolas y prolongando su uso para que no acaben en un vertedero. Hay que parar el saqueo del planeta como señala el catedrático de ecología Carlos Montes.[2]

Hace más de 50 años que la Asamblea General de Naciones Unidas reconocía “el derecho de los pueblos y de las naciones a la soberanía permanente sobre sus riquezas y recursos naturales y que debía ejercerse en interés del desarrollo nacional y del bienestar del pueblo del respectivo Estado.” Res. 1803 (XVII), 14 de diciembre de 1962.

Y hace 42 recogía la obligación de “restitución y plena compensación por la explotación y el agotamiento de los recursos naturales”. Res. 3281 (XXIX), 12 de diciembre de 1974.

Coincide con los 50 años que la industria petrolera, Shell principalmente, pero también Total y Agip, en este caso, llevan degradando la tierra, el agua, la vegetación y los recursos naturales en el delta del Níger, con efectos desastrosos para la población, unas 70.000 personas, que continuará hasta el año 2041, según el Informe de Naciones Unidas sobre la contaminación producida por la industria petrolera.

 

[1] Documental “La historia de las cosas” (https://www.youtube.com/watch?v=lrz8FH4PQPU)

[2] Momentos con Carlos Montes (https://vimeo.com/84762798)

Ermel Chávez muestra el crudo de una piscina abierta en el pozo Aguarico 4 (Ecuador). / Miriam Gartor.

En Ecuador, campesinos e indígenas luchan desde hace 20 años para que la multinacional Chevron-Texaco reconozca el perjuicio causado en la Amazonia ecuatoriana: 63.000 millones de litros de aguas tóxicas arrojadas a los ríos, 680.000 barriles de crudo derramados, 30.000 personas afectadas, dos pueblos indígenas desaparecidos y un millón de hectáreas de bosque deforestado. Este es el crudo legado que, tras 26 años de explotación, ha dejado Chevron-Texaco en Ecuador una inmensa pérdida de biodiversidad, y la afección directa a la forma de vida de numerosas poblaciones nativas y de colonos en la zona. [1]

Más de cincuenta años, que la acción del hombre viene causando desastres y daños irreparables al planeta, de los más graves podemos resaltar: en el Golfo de México, el derrame de petróleo; en Chernóbil, el desastre por la explosión de la planta nuclear en Ucrania en 1986; Bhopal, la fuga de una planta de pesticidas que provocó 15.000 muertos en India en 1984; Los pozos petroleros de Kuwait en llamas, 1991, Guerra del Golfo, que ardieron durante más de 7 meses; Love Canal: en 1978 en este pueblo, 21 mil toneladas de desechos tóxicos industriales, enterrados por una compañía local en los años 40 y 50, comienzan a revelarse por todos lados; El Exxon Valdez: el barco petrolero que encalló, en 1989, en el estrecho de Prince William en Alaska, derramando 11 millones de galones de crudo; La planta nuclear de Tokaimura: en 1999, el peor accidente nuclear de Japón, hasta FuKushima; El Mar de Aral, desaparición de un mar entero; La nube de Dioxina en Seveso, en 1976, explosión en una planta química en Italia que provocó una nube de Dioxina en el pueblo; El mal de Minamata, desde el año 1956 los habitantes del pueblo japonés de Minamata comenzaron a sufrir un extraño mal que se reveló era causado por la ingesta de productos del mar que vivían en aguas contaminadas por los desechos de las industrias locales; Three Mile Island, el peor desastre nuclear de los Estados Unidos. Y añado la deforestación amazónica que en 2004 alcanzó la cifra de 27.000 kilómetros cuadrados de selva devastados o el ecocidio y los crímenes contra la humanidad de los que se le acusa a la empresa mutlinacional biotecnológica Monsanto [2], contra quién más de cuatrocientas organizaciones sociales han iniciado acciones jurídicas en La Haya por treinta casos de enfermedades y malformaciones congénitas causadas por la exposición directa a los agrotóxicos fabricados por Monsanto.

Como docentes, no podemos permanecer indiferentes. Con estos antecedentes, parece necesario educar para el desarrollo sostenible, ser conscientes de que la Tierra y sus ecosistemas sustentan nuestras vidas, y nuestra responsabilidad, de aquellos que estamos vinculados con la educación, es la de promover la armonía con la naturaleza. La Carta Mundial de la Naturaleza, 1982, ya recogía la obligación de incluir la enseñanza ecológica como parte integrante de la educación, y recogía que el hombre debe adquirir los conocimientos necesarios a fin de mantener y desarrollar su aptitud para utilizar los recursos naturales en forma tal que se preserven las especies y los ecosistemas en beneficio de las generaciones presentes y futuras.

En 2010 se promueve un enfoque holístico respecto del desarrollo sostenible en armonía con la naturaleza (Res. 65/164, AG). Los seres humanos somos una parte indisoluble de la naturaleza y no podemos dañarla sin causarnos un grave daño a nosotros mismos.

A todo este desastre hay que sumar los millones de personas desplazadas a causa de las alteraciones climáticas globales, los llamados “refugiados ambientales”, que para 2050 se estima serán 200 millones de personas. El Nobel de Economía Joseph Stiglitz, ha señalado que el cambio climático es peor que cualquier guerra y debemos cuestionarnos nuestro entero modo de producción y consumo, que es lo que causa las alteraciones climáticas globales.

La Asamblea General de Naciones Unidas adoptó, en septiembre de 2015, la Agenda 2030[1] para el Desarrollo Sostenible donde los Estados declaraban estar “decididos a proteger el planeta contra la degradación, incluso mediante el consumo y la producción sostenibles, la gestión sostenible de sus recursos naturales y medidas urgentes para hacer frente al cambio climático, de manera que pueda satisfacer las necesidades de las generaciones presentes y futuras.”

Hay que incorporar a la enseñanza/aprendizaje el cambio climático, la biodiversidad, la reducción de la pobreza y el consumo sostenible. Debemos facilitar una metodología participativa, que dote a nuestro alumnado de un pensamiento crítico y autonomía para ser capaces de cambiar esta conducta autodestructiva.

Hoy más que nunca la educación debe estar vinculada al desarrollo sostenible y a la ‘economía verde’ y no especulativa. Nuestras escuelas deben ser capaces de activar ese “efecto mariposa” definido por el meteorólogo Edward Loren, en su teoría del caos, donde cada acción es importante por insignificante que parezca, pues puede provocar una reacción en cadena en cada persona que conocemos, en cada escuela, en cada niño y cada niña, como “el simple aleteo de una mariposa”, pues los problemas de otras personas, de otros países, no los podemos mirar con indiferencia porque ahora son nuestros problemas.

 

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Begoña López

Experta en educación y secretaria de la Fundación Investigación, Desarrollo de Estudios y Actuaciones Sociales (FIDEAS)