Sustituir miedo por empatía: contra el muro de silencio que genera el heterosexismo

ABORDAR EL PROBLEMA DE LA HOMOFOBIA en los centros educativos implica reconocer, a su vez, una verdad incómoda: que en nuestros colegios e institutos se vulneran sistemáticamente derechos esenciales entre el alumnado, sin que de momento las autoridades educativas hayan hecho gran cosa por evitarlo.

Distintas familias de Rivas se acercaron al instituto para grabar la escena final del videoclip

Pese a los avances legislativos de la última década, el heterosexismo dominante en la educación Primaria y Secundaria, o, lo que es lo mismo, la presunción universal de la heterosexualidad, ha fagotizado a las sexualidades minoritarias en lo que es una larga tradición de negación identitaria. El profesorado, difícilmente podremos transmitir a nuestro alumnado los valores del respeto a la diferencia por orientación sexual o identidad de género si no nos imbuimos, a su vez, en la importancia de enfrentar –en un sano ejercicio de introspección personal– la herencia cultural machista en la que hemos sido edu-castrados.

Reconocer el problema y sustituir el miedo por un sentimiento de empatía y de responsabilidad compartida debe ser el primer paso para erradicar la homofobia, uno de los aspectos más siniestros del comportamiento humano.

Una escuela más segura y respetuosa

Si queremos construir una escuela más segura y respetuosa con los hechos diferenciales, se hace necesario tomar clara conciencia de nuestras propias limitaciones, analizando miedos, estigmas y prejuicios heredados. La homofobia pone en serio riesgo la vida e integridad psíquica de los adolescentes LGBTI. El índice de suicidios en adolescentes homosexuales y transexuales es tres veces superior que entre jóvenes heterosexuales. Estos últimos, también se ven afectados por el miedo irracional que genera la homofobia; el contagio del estigma que aún conlleva la homosexualidad y la transexualidad les obliga a mantener un comportamiento social rígido y excluyente.

El índice de suicidios en adolescentes homosexuales y transexuales es tres veces superior que entre jóvenes heterosexuales

La secular inacción de las autoridades educativas ante la magnitud del problema provoca un sufrimiento atroz y la indefensión aprendida de un significado número de estudiantes que nada pueden hacer para enfrentar el rechazo y el acoso del que suelen ser objeto cuando se visibilizan en espacios poco seguros para su desarrollo personal, es decir, en entornos escolares que demonizan las sexualidades minoritarias y niegan, por tanto, el derecho a ser educados en el respeto a la diferencia por su condición sexual.

Diversas investigaciones llevadas a cabo en los últimos años por la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) ponen de manifiesto no solo la especial vulnerabilidad con la que viven su condición sexual los adolescentes homosexuales, bisexuales y transexuales, sino también la de los jóvenes que se atreven a romper con los rígidos roles de género normativos.

Testimonios

Estos son algunos de los testimonios que hemos podido leer en los citados informes:

“Sufrí acoso escolar homofóbico desde los 6 a los 17 años. En el instituto pasé los peores años de mi vida”.

“Recuerdo haber bajado a los baños de chicas y había en una de las puertas: ‘Hay que matar a la secta de las lesbianas’. Estaban mis iniciales puestas y las de mi novia”.

“Mi vida fuera de las cuatro paredes de mi cuarto ha sido un infierno; ningún heterosexual es capaz de imaginar lo difícil que es salir a la calle cada día y tener que defender tu orientación con la cabeza bien alta mientras la gente pretende hundirte en lo más hondo. En mi anterior colegio, esas seis horas era una constante batalla de blasfemias contra mí”.

“Durante mucho tiempo quería arrancarme la piel porque tenía un sentimiento profundo de odio hacia mí mismo”.

“El peor momento fue cuando un niño del colegio (12 años), de un grupo que me estaba acosando, dijo: “Joder, cómo nos pasamos, si yo fuera él, me pegaba un tiro”.

“El profesorado casi siempre se mantenía al margen, y cuando intervenía te hacían sentirte culpable de no saber integrarte en la comunidad educativa”.

“Desgraciadamente voy a un colegio de jesuitas donde la homofobia se respira todos los días en el ambiente. Especialmente por nuestro tutor, que es cura, que suele dedicar horas enteras alimentando tópicos sobre los homosexuales mediante indirectas”.

“Me cogieron entre tres personas, cuyos nombres y apellidos recuerdo perfectamente, y me pusieron en medio del vestuario y todos los chicos de clase, no todos, algunos, seis u ocho, me empezaron a orinar encima, diciéndome: “Arturo es mariposo”, y a reírse. Pues recuerdo que del escándalo que se formó, de que la gente se estaba riendo y tal, el profesor entró y vio lo que estaba pasando y se fue”.

“Era una necesidad de liberación absoluta y, entonces, pues yo me imaginaba las mil y una formas de suicidarme”.

“Y entonces me decía: la única solución que hay para dejar de sufrir es el suicidio. Digo: dejo de sufrir yo y deja de sufrir mi familia, y en el colegio les dejo tranquilos porque no tienen un maricón”.

Construcción identitaria

La homofobia dinamita los procesos de enseñanza-aprendizaje durante la adolescencia. Sus perniciosos efectos dejan lastrados los ideales de vida de muchos jóvenes que se “educan” también en entornos hostiles y en el miedo irracional a reconocer y aceptar su condición sexual. Es en este periodo donde habitualmente se entretejen las primeras relaciones afectivo-sexuales. Los adolescentes LGBTI se ven obligados a retrasar este aprendizaje por el muro de silencio que genera el heterosexismo en una etapa crucial de construcción identitaria.

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José Joaquín Álvarez de la Roza