Dos libros para la protohistoria de las políticas educativas

EL ITINERARIO DE LAS LECTURAS PREDILECTAS suele ser bastante azaroso, aunque nunca gratuito. En origen, el interés por estos dos libros me viene de 1977, en que había iniciado una tesis doctoral sobre la pervivencia de creencias anteriores al cristianismo en el sur de Galicia.

En la edad de la penumbra (Madrid: Taurus, 2018)

Ya me había sido concedida –y publicada en el BOE– una beca de investigación para ello, pero el rector de la universidad donde iba a ser defendida me la quitó y se la dio a la hija de otro catedrático. Las fichas de aquel trabajo quedaron a la espera de un tiempo que no llegó: era más urgente encontrar trabajo en otro espacio. No obstante, no desapareció el interés por el cambio cultural que había tenido lugar en un rincón del Imperio Romano en el siglo IV d.C. En estos meses, ambos libros me han devuelto la sensación de que la hipótesis de que partía y la documentación allegada para explicarla –de carácter arqueológico en buena medida– iban bien encaminadas. Con una diferencia sensible. En aquel momento, me interesaban las pervivencias del pasado anterior; el acento de estos libros gira, más decididamente, sobre lo desaparecido en aquel trance cronológico. En todo caso, merecen la atención de todo lector y, de modo especial, si le interesa la estructura del sistema educativo español.

En el primero de estos libros, En la edad de la penumbra, Catherine Nixey analiza cómo el creciente poder que adquirió el cristianismo en los dos siglos últimos de Roma, al convertirse en religión oficial, fue imponiendo actitudes dogmáticas, cada vez más intransigentes respecto a las creencias y ritos religiosos que habían tenido gran presencia anterior, especialmente los que habían regido la vida pública. Lo que más le preocupa a esta autora inglesa es mostrar en qué medida el arte y la literatura clásicas se vieron afectadas por la nueva cultura hegemónica, cada vez más poderosa. La actualidad de su libro aparece ya al inicio, al mostrar la similitud de actitudes destructivas que tuvieron lugar en la misma ciudad, Palmira –en la antigua Siria–, en dos momentos históricos distantes, el de cuando grupos de fanáticos cristianos destruyeron, hacia el 385 d.C., estatuas preciadas de su rico patrimonio artístico, y el de cuando los exaltados del ISIS repitieron en 2015 similar operación intolerante.

Por el ojo de una aguja (Barcelona: Acantilado, 2016)

Algunas de las citas documentales de Catherine Nixey estaban sustentadas en investigaciones de otro historiador inglés, Peter Brown. En su libro, Por el ojo de una aguja, había centrado su atención en la relación que se había producido entre “la riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.)”. Su foco de estudio es el cambio operado en los usos de la riqueza en ese tiempo y, a su compás, la modificación inducida en la adscripción religiosa de quienes la detentaban hasta que hicieron hegemónica –triunfante– la posición de las creencias cristianas respecto a las que habían tenido vigencia hasta entonces. Brown parte del análisis del momento previo a la etapa constantiniana, en que la demostración social de ser rico –vinculada de manera eminente a la relación con el gobierno de Roma– pasaba por dedicar una parte significativa de excedentes a que las relaciones con el populus resultaran armoniosas: los juegos en el circo, el ornato urbano –en particular, las estatuas erigidas para conmemorar eventos diversos– y, sobre todo, los recursos para la annona –la parte de alimentación de que podían nutrirse los que tenían la categoría de ciudadanos–, constituían otras tantas ocasiones en que desarrollar los gestos que la evergesia –“hacer el bien”, en etimología griega– podía y debía ejercitarse si se quería ser alguien en aquella sociedad.

Según Brown, que analiza la transición de esta norma hacia la de hegemonía cristiana a través de los epitafios funerarios, la iconografía de las villas romanas y, sobre todo, de los sermones, exhortaciones, tratados y apologética que desarrollaron personajes como Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona, Martín de Tours, Paulino de Nola, Jerónimo y otros “padres de la Iglesia”, permite ver cómo la clave del cambio estuvo en que la evergesia cívica anterior se fue orientando hacia “los pobres”, con la congregación eclesial como vehiculadora de tan cuantiosos recursos. La mixtura de ambos constructos destacó la imagen de que, de este modo, se eliminaban las distancias sociales. Amén de otros simbolizaciones, ese modo de hacer el bien permitía trascender al más allá la limitación terrestre y, sobre todo, que la Iglesia fuera su lazo de unión. Significativo es que, en el debate por lograr ese control exclusivo, la propia idea de riqueza y pobreza sufrieran una fuerte metamorfosis, más allá de la supuesta oposición que en algún pasaje evangélico primigenio se sugería. La confesionalidad cristiana se acabó imponiendo como religión a la creencia evangélica, al tiempo que excluía cualquier otra posición de conciencia.

Ver cómo se produce ese cambio tan relevante permite entender muchos aspectos principales de la evolución seguida por la Iglesia de entonces a hoy –guerras de religión, dogmatismos e inquisiciones incluidas, amén de alianzas con regímenes ajenos a los Derechos Humanos–, en que el ansia de poder se ha mostrado más sustantiva que la creencia propiamente tal. En un proceso histórico en que el tiempo de cristiandad uniforme ha desaparecido en Occidente y los movimientos de secularización son crecientes, la actualidad de estos dos libros es mayor si se advierte el debate actual que suscitan en España los asuntos vinculados a los Acuerdos de 1979 con el Vaticano. Cuando el descenso del número de creyentes practicantes crece imparable –según dicen los estudios estadísticos– y no disminuye el de creyentes preocupados por la avidez “política” de sus clérigos y obispos, adquiere más valor la historia científica que muestran estos libros, centrada en el largo adoctrinamiento que se inició en el siglo IV d.C. y que tiene su continuidad –entre otros asuntos– en muchos de los que afectan directamente a la educación pública de todos.

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Manuel Menor

Profesor de Historia