La música clásica en Liliput

UN CONCURSO, PRODIGIOS, HA LLEVADO LA MÚSICA CLÁSICA A LA PRIMERA CADENA DE TELEVISIÓN ESPAÑOLA. Esto sí que ha sido prodigio mayor que el valor de los chavales que se han batido el cobre para ganar sus minutos de gloria. La música clásica está recluida al horario matutino de los fines de semana y hace años que no la encontrábamos en prime time. Sin embargo, como en tantos concursos, el contenido importa poco, ya sea que invite a cocinar, cantar y coser, bailar o a hacer el pino.

De hecho, las actuaciones de Prodigios han constituido un alarde de corte, confección y cocina, para reservar el grueso del espacio a comentarios, chanzas y agudezas. Los sabios programadores piensan que una actuación musical o coreográfica superior a los siete minutos puede resultar fatal para sus audiencias. Así, hemos visto grandes piezas de música y danza jibarizadas, reducidas a su mínima expresión, a una inocua y ridícula dosis. Tales prácticas empañan el valor artístico o divulgativo que se pretende dar a una simple y narcótica distracción. El medio moldea el contenido y descarna sus mejores valores, en vez de servirlos y proyectarlos. Aun así, el poder televisivo confiere una inesperada resonancia a un sector tradicionalmente marginado por emisoras y gobernantes. Tal vez, entre tanto ruido se consoliden algunas vocaciones, pero este concurso está más cerca de realities y cotilleos que de la divulgación cultural. La presencia de artistas consagrados en el tribunal no consigue evitarlo.

Lágrimas y elogios

La fórmula del concurso tiene luces y sombras. La competencia motiva afanes de trabajo y superación entre los contendientes. Presentadores y jurados abordan el reto con deportividad, tratando de minimizar los daños colaterales entre los aspirantes sucesivamente expulsados. Pero no han podido evitar lágrimas y elogios desmesurados, que han otorgado a las pruebas una vehemencia que contraviene el engañoso consuelo y el significado lúdico. Repiten aquel lema olímpico como un mantra, “lo importante es participar”, pero las actitudes y emociones parecen refutarlo.

Los concursos transforman la violencia en competición y cada derrota es una muerte simbólica. Son habituales desde tiempo inmemorial, tanto en el deporte como en las artes. Y también son polémicos. El virtuoso sacrifica de mil amores su infancia, sus ocios e ilusiones para conquistar los laureles de la gloria. Se inmola pública y felizmente ante los admiradores de su talento que, sin embargo, son incapaces de dedicarle más de siete minutos de atención. No hace falta más tiempo para lo que se pretende. Los niños son las mejores víctimas propiciatorias para redimir a la sociedad de sus faltas, tranquilizando malas conciencias y frustraciones. El rito de purificación se podrá perfeccionar con próximos premios y reconocimientos para una producción única en su categoría horaria.

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Víctor Pliego de Andrés

Catedrático de Historia de la Música en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid