El sí de las niñas

MI EDUCACIÓN SE AJUSTÓ AL MODELO de los años 60 en España. Las hijas de la burguesía íbamos a colegios religiosos desde los cinco o seis años para prepararnos a la primera comunión y empezar la educación elemental, que duraba tres años. Se adquirían los conocimientos primarios de lectura, escritura, matemáticas, historia y geografía española, además de religión y gimnasia.

Al terminar este período hacíamos la primera reválida para entrar en lo que se llamaba “ingreso”, que duraba un año. Este curso era muy importante, ya que las notas te permitirían seguir estudiando.

Pero la vía mayoritaria para los niños y niñas de la dictadura era estudiar en la escuela primaria hasta los 12 años (si se quería o podía). Ahí se terminaban los estudios académicos. Ya no se podía ir al bachillerato. En los años 60 se intentó establecer un puente a través de un  bachillerato laboral.

Con 10 u 11 años se iniciaba el bachillerato elemental, que duraba cuatro años, y terminaba con la llamaba “reválida de 4º”. Los colegios femeninos católicos tenían un objetivo primordial: educar niñas para ser buenas esposas y madres, así como enseñar a llevar una casa. Algunas empezaban a ir a la universidad, pero la mayoría se quedaba en el bachillerato elemental, que era imprescindible para acceder a carreras como magisterio, enfermería, comercio o secretariado, típicamente femeninas.

Había que aprobar todas las asignaturas para poder presentarse a la reválida, y cuando digo “todas” incluyo la Formación del Espíritu Nacional. Las profesoras de esta disciplina y de gimnasia las enviaba la Sección Femenina a cada colegio. En junio, solo suspendí esta asignatura y no pude realizar la reválida hasta setiembre.

Recuerdo ese verano en Moaña (Pontevedra), yendo cada mañana a casa de un chico que estudiaba para sacerdote y preparaba las asignaturas de letras y, por supuesto, el latín; por la tarde, a casa de una maestra a preparar las ciencias. Esta experiencia me hizo tomar conciencia de lo que suponía la dictadura y a partir de ese momento fui una activista contra el régimen establecido.

Había que aprobar todas las asignaturas para poder presentarse a la reválida, y cuando digo “todas” incluyo la Formación del Espíritu Nacional

Los colegios religiosos estaban adscritos a un Instituto Nacional de Enseñanza Media. El mío era el Beatriz Galindo, sito en la calle Goya de Madrid, donde continúa hoy en día. Los exámenes eran propuestos y corregidos por los funcionarios públicos y las alumnas éramos presentadas por el colegio, siempre que tuvieran garantía de nuestro aprobado porque era importante para el prestigio del centro.   

Más tarde llegaba el bachillerato superior, que duraba dos años con opciones de ciencias o letras y que concluía con la “reválida de 6º”. Uno de los ejercicios era un comentario de texto. Recuerdo que ese año analizamos un fragmento de El sí de las niñas, la obra de Leandro Fernández de Moratín que adelanta la igualdad de la mujer en la elección para casarse. Defiende el matrimonio por amor y no por conveniencia o por imposición de los progenitores. Anima a rectificar las costumbres y tradiciones de su tiempo. Este fue el comienzo de mi conciencia feminista. De hecho acabo de publicar una biografía de Concepción Gimeno de Flaquer que lleva por subtítulo Del sí de las niñas al yo de las mujeres (Plaza y Valdés, 2016).

Finalmente, para las que deseaban acceder a la universidad se cursaba el Preuniversitario. Pasábamos un total de tres reválidas para llegar a estudios universitarios.

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Margarita Pintos de Cea-Naharro

Teóloga feminista