Ariadna y Medea: dos extranjeras en el mito griego

EN LA ANTIGUA GRECIA, la situación de la mujer extranjera era, a veces, paradójicamente, más liberal en aspectos sociales y económicos que la de las ciudadanas de una «polis» tan avanzada como Atenas.

Aunque las ciudadanas lo eran de pleno derecho y su participación en la sociedad era de suma importancia como gestoras de la hacienda familiar y representantes de la familia en las celebraciones religiosas –frente al marido, que proporcionaba sus prestaciones a la comunidad en forma de participación en la asamblea política y en la guerra–, la mujer estaba también sometida a bastantes cortapisas legales, por ejemplo en cuanto a la gestión patrimonial. Por eso las extranjeras, o bárbaras, fascinaron a los griegos por su mayor libertad en muchos asuntos; por no hablar de los modelos de mujeres legendarias de otros lugares, como las Amazonas o las de diversas tribus asiáticas, que incluso podían gobernar y ejercer una suerte de matriarcado.

El tema de la posible participación política de la mujer devino pronto materia de reflexión para teóricos, utopistas y filósofos como Platón. Pero la fascinación por la mujer bárbara –ora peligrosa, ora atractiva, pero siempre fundamental para los esquemas narrativos de las diversas leyendas–, se veía especialmente en los mitos griegos. La mitología es, de hecho, un material de primera para entender los resortes narrativos que funcionan en vinculación directa con el sistema social. Los mitos como materia prima del teatro y la poesía griega por excelencia eran básicos para la educación de la sociedad: la presencia de la mujer en muchos de ellos deja constancia de los roles sociales y los diversos modelos de mujer. No es lo mismo el papel de Penélope, la fiel esposa de Ulises, que el de Helena, la desencadenante de la guerra de Troya, en los poemas de Homero.

Pero me gustaría reflexionar brevemente en estas líneas sobre el papel de dos extranjeras en el mito griego, por lo que puede decir sobre Nosotros y los otros, parafraseando el magnífico libro del recientemente fallecido Tzvetan Todorov, es decir, sobre la importancia de esos modelos míticos y literarios para configurar la otredad y la comprensión de lo que nos es ajeno y a la vez nos define por oposición. Es el caso de dos princesas extranjeras, Ariadna y Medea, que aparecen como amantes despechadas de dos héroes griegos de muy resonantes hazañas como son Jasón y Teseo. Son dos personajes fascinantes cuya figura ambivalente evoca el atractivo y el rechazo hacia la mujer extranjera como epítome de los excesos que podrían arruinar la virtud femenina de las mujeres griegas si se miraban en aquel espejo deformante. Ambas historias tienen final ambivalente y quedaron abiertas para la interpretación.

La joven Ariadna era hija de Minos, rey de Creta, y ayudó al héroe ateniense Teseo a dar muerte al Minotauro, su hermanastro, pues se había enamorado de él. Luego huyó con él, traicionando a su familia y abandonando su patria, ya que el héroe le había prometido casarse con ella de regreso a Atenas. Sin embargo, el cruel Teseo la abandonó en Naxos mientras dormía. Pero pronto llegó el dios Dioniso, con su cortejo triunfal, y desposó a la joven procurándole una apoteosis convertida en la constelación de la Corona Boreal. La princesa Medea, poderosa maga e hija del rey Eetes de la Cólquide, también se enamoró de un extranjero, Jasón, que junto a sus argonautas llegó con una arriesgada misión: hacerse con el vellocino de oro. Tras la traición de su padre y su patria al ayudar al héroe griego a derrotar a un gran dragón, Medea huyó con Jasón con la promesa de ser su reina. Pero este se vio privado del trono en su país y acabó en otra ciudad, donde le ofrecieron casarse con la princesa local. Él no dudo y abandonó a Medea, que ya le había dado dos hijos. Esta se vengó terriblemente asesinando a los niños y calcinando con sus artes mágicas a la princesa rival y a su padre. Luego huyó a Atenas, donde acabó como consejera y amante del rey Egeo, a la sazón padre de Teseo, para luego exiliarse en Asia.

Son dos leyendas poderosas e inolvidables –gracias a la recepción artística y literaria del mito– que fueron motivo de reflexión social y filosófica en la antigüedad.

Hay que recordar también, por último, que parte de la fascinación de los griegos por la mujer extranjera deriva de la legendaria ginecocracia, los ecos sobre el gobierno de las mujeres que se daba en el seno de algunas naciones bárbaras, desde el lejano Occidente hasta el Cáucaso. La utopía del gobierno femenino siempre fascinó a los griegos, sobre todo en la época de la decadencia de la polis, como muestran las obras del comediógrafo Aristófanes en las que suspira por un mundo regido por la mano de la mujer que pudiera sustraernos de la guerra y la violencia características del varón.

Comoquiera que sea, la sugerente leyenda de estas dos extranjeras, Ariadna y Medea, nos recuerda el poder evocador de los mitos para una comunidad y la muy diversa interpretación que se les puede dar para tender a la sociedad abierta y progresista o a un sistema más oscurantista y cerrado. En la mano de los creadores artísticos y literarios estuvo enfatizar la diferencia, y, en la de los políticos, aplicar las medidas en pos de uno u otro modelo.

Últimos comentarios

  • Concha Rodríguez

    Muy buena la historia y las conclusiones, enhorabuena David por tu artículo

Escribir comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Autoría

imagen del autor

David Hernández de la Fuente

Escritor y profesor de Historia Antigua de la UNED