El género en el aula

EL CONSEJO DE EUROPA RECONOCE LA ESPECIFICIDAD DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO, ejercida sobre las mujeres por el hecho de serlo. Las estadísticas del Consejo General del Poder Judicial desmienten a los que en nuestro país se empeñan en confundirla con la violencia doméstica y en hinchar hasta la caricatura los casos de denuncias falsas por violencia de género.

La violencia de género es un fenómeno universal: feminicidios en México, violaciones grupales en la India, burkas talibanes, ablaciones africanas… Y se sustenta en la fuerza bruta y en una cultura patriarcal.

Eva, Pandora y Penélope nacieron para legitimar esta cultura. Thomas Laqueur nos enseñó que la ciencia médica de los siglos XVI y XVII no acabó con ella: mantuvo viva la teoría de los humores para justificar la frialdad e inestabilidad femeninas, la teoría del sexo único (los órganos sexuales femeninos como reverso incompleto de los masculinos), para legitimar el patrón del cuerpo masculino; y, desde el siglo XVIII, la teoría de los dos sexos para legitimar roles sociales diferenciados. La antropología nos enseña que no hay fronteras insalvables entre los sexos. Para Margaret Mead y Marilyn Strathern, las categorías masculino/femenino son arbitrarias, una performance, diría Judith Butler, que puede cambiar a lo largo de la vida. Por eso Simone de Beauvoir en El segundo sexo afirmaba que una mujer no nace, se hace.

Los negacionistas de la violencia de género consideran estas estadísticas y estudios “ideología de género” y “feminismo radical”. No entienden argumentos. Porque lo suyo es una actitud, un sentimiento: y a los malos sentimientos solo ponen fin sentimientos mejores (Baruch Spinoza dixit). Y porque no aprendieron esa actitud con la razón, sino con el cuerpo. Pierre Bourdieu, en su estudio sobre la cabila argelina, comprueba que los cuerpos masculinos dominantes y femeninos dominados adquieren habitus (formas de moverse, vestirse, hablar…) que, siendo arbitrarios, se naturalizan y reproducen con éxito a través de la familia, la Iglesia y la escuela, sin necesidad de la consciencia ni del discurso.

Las redes sociales, las cuadrillas, el reguetón… inciden en la reproducción de esos habitus. El sistema educativo debe desnaturalizarlos desde el propio cuerpo. Poco ayudan la segregación por sexos o las asignaturas que enseñan que el hombre y la mujer cuentan “con una dignidad igual, aunque de manera distinta” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1997, párrafo 2.235). No bastan tampoco asignaturas específicas y declaraciones de principios abstractos. Es necesario buscar fórmulas para aprehender el cuerpo, el género, los sentimientos y la sexualidad de forma integral y transversal. La Historia y la Educación Corporal deberían abordar las huellas que deja la experiencia en los cuerpos. La Filosofía debería reflexionar más sobre los sentimientos. ¿Dónde está la Antropología? ¿Dónde la Literatura? ¿Dónde las díscolas serranillas del Arcipreste que desafían el amor cortés? ¿Dónde los personajes femeninos galdosianos?: esas mujeres que, asuman o contradigan los valores imperantes, solo están en el mundo a través del dinero de sus maridos, aunque –caso de Benina–, sean ellas las que los sustentan sobre sus hombros.

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Emilio Castillejo Camba

Doctor en Historia. Autor de Mito, legitimación y violencia simbólica en los manuales de historia del franquismo (2008)