¿Usted me oye?

LA ALERGIA AL MICRÓFONO ES BASTANTE GENERAL Y EXTRAÑA. No es raro ver cómo le dan la espalda a este ventajoso artefacto en actos públicos de distinta naturaleza: presentaciones, coloquios, conferencias, congresos, reuniones. Como si fuera un repugnante insecto, muchos oradores lo apartan.

Invocan diversas coartadas: “¡A que se me oye bien!”, “Hablo fuerte y no hace falta el micro, ¿verdad?”. Pero lo cierto es que se les oye mal. El micrófono es fundamental en cualquier espacio de ciertas dimensiones si queremos hacernos oír bien. Es una cuestión física: la energía acústica se desplaza en esferas de radio creciente y se disipa en el medio transmisor. Las características de la sala también son determinantes. Hay pocas que reúnan condiciones precisas para la palabra hablada. Con reverberación, la inteligibilidad queda comprometida. Si la sala es absorbente, no cabe resonancia que opere de amplificación natural.

La declamación es una de las artes escénicas del siglo XIX que dominan pocos profesionales modernos. Actores y oradores de otros tiempos tenían que enfrentarse a las multitudes por sus propios medios. El tono era melifluo, la cadencia pausada, la energía intensa y el estilo muy estudiado, unido a gestos amplios. Estas maneras se ven hoy con desconfianza ante modas naturalistas que han terminado con aquella antigua sabiduría. Eso es justamente lo que quieren preservar los detractores de la microfonía: una pretendida naturalidad o espontaneidad. También pesa lo embarazoso que es descubrir la propia voz en otra fuente o verla agigantada. Esta tecnofobia convive, sorprendentemente, con el indecoroso uso y abuso de los teléfonos móviles que a muy pocos parece avergonzar. Basta con ignorar a los demás presentes. La relación con el micrófono acontece, por el contrario, bajo una comprometedora mirada general.

Hablar normal y sin refuerzo no resulta eficaz ante una amplia audiencia. Para los oyentes es incómodo y estresante tener que aguzar el oído para conjeturar sílabas o palabras inaudibles. Pero, ojo, la presencia del micrófono no lo resuelve todo. Requiere unas atenciones mínimas. Si se habla lejos de él o mirando hacia otro lado, resulta inútil. Tampoco sirve si está mal regulado y nadie sabe ajustarlo. Aprovechar la amplificación es una cuestión de eficacia, pero también de respeto a los asistentes que, en los círculos culturales a que me refiero, son mayoritariamente personas mayores, algo duras de oído. Se ven poco jóvenes en estas convocatorias, más interesados en taparse los oídos con diversos dispositivos que en atender palabras vivas. Y las palabras perecen en el vacío si no llegan adecuadamente a sus destinatarios. 

 

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Víctor Pliego de Andrés

Catedrático de Historia de la Música en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid