Sindicalismo en tiempos de pandemia

SIN SABERLO REALMENTE, en los primeros días de marzo se sucedieron las últimas jornadas de la “vieja normalidad”. Todavía nos extrañamos con las imágenes en las que aún no se había extendido el uso de mascarillas y la limpieza con gel hidroalcohólico. Nuestras vidas, nuestras relaciones familiares y de amistad, nuestros trabajos, dieron un vuelco.

Un nuevo y desconocido virus nos paralizó por completo. Reinaban la confusión y el miedo. A las cifras de contagios se sumaban los ingresos hospitalarios, y las muertes se contabilizaban por cientos, por miles. Los gobiernos acordaban uno detrás de otro un encierro masivo de sus poblaciones. Únicamente quedaban operativas las actividades esenciales, fundamentales para que no se vinieran abajo nuestras vidas. Como en otros momentos decisivos, eran trabajadores y trabajadoras anónimas quienes ponían su inteligencia y sus manos para producir, distribuir, curar y salvar a sus conciudadanos. Cosecharon aplausos y orgullo compartido. En cuanto a los centros educativos, estos se vaciaron, y electrizados por la situación, maestros y maestras ingeniaron una amplísima variedad de mecanismos, fórmulas y herramientas para continuar sus clases. Junto al alumnado, redescubrieron el potencial de la tecnología y las redes. No obstante, este sobresfuerzo chocaba con la realidad de un sistema educativo público ya debilitado antes de la pandemia.

Como si de una prenda en mal estado se tratara, a la educación pública le reventaron las costuras. Unas plantillas menguadas, la falta de medios materiales y formación, o la dificultad para conciliar la vida profesional y personal son el resultado de años donde la inversión educativa ha rondado el 4% sobre el total del PIB, mientras que la media comunitaria se ha situado alrededor del 5%.

El distanciamiento físico también aumentó la denominada brecha social entre el alumnado. Una vez más, los y las jóvenes de las clases trabajadoras más humildes tenían que hacer frente a obstáculos propios de su condición social. El profesorado y el personal de los servicios sociales han tenido la oportunidad de conocer de primera mano la realidad que se esconde en los barrios y poblaciones más castigados por la miseria y el desempleo: hacinamiento, falta de dinero para pagar los bienes de primera necesidad, ausencia de recursos técnicos y estrategias para seguir con ciertas garantías la enseñanza telemática, entre otros muchos problemas. En bastantes casos, los datos móviles del teléfono familiar se convirtieron en la única puerta que conectaba con el centro educativo. Y cuando los datos se consumían, la escuela cerraba.

Equipo de protección colectiva: sindicalismo de clase

Desde el minuto cero, una vasta red de sindicalistas, de norte a sur y de este a oeste, redobló los esfuerzos para salvar el hundimiento. Esta actividad, callada, paciente, poco amiga de los focos mediáticos, sin embargo, resultó ser el salvavidas que muchas y muchos trabajadores necesitaban. Las llamadas se sucedían, mientras los grupos de WhatsApp ardían en mensajes. ¡Había que dar cobertura al personal educativo!

Nos encontramos con muchas situaciones preocupantes, como la de las trabajadoras y los trabajadores de los servicios externalizados. ¿Qué iba a ocurrir con el personal de limpieza, con aquellas monitoras de comedor y de transporte? ¿Y con el personal de Integración Social? En su mayoría, estas profesiones están fuertemente precarizadas y ocupadas por mujeres. Igualmente, recordemos que detrás de cada puesto de trabajo se organiza la economía de toda una familia. Las negociaciones y las presiones surtieron efecto, y miles de empleos quedaron a salvo. La unidad de los trabajadores y las trabajadoras volvió a revelarse como el mejor escudo social para combatir la pandemia.

Pero no en todos los lugares y colectivos los resultados fueron iguales. El personal docente tuvo que afrontar la debacle sin el apoyo de nuestra particular patronal, la Administración educativa. Con sus propios medios técnicos, poniendo dinero de sus bolsillos, trabajando horas de más y gestionando el improvisado confinamiento, el profesorado sacó adelante el curso. En el caso de los y las docentes interinas, normalmente más jóvenes, era habitual que realizaran este trabajo desde sus localidades de destino, lejos de sus propios hogares. A todo ello hubo que sumarle evidentes abusos por parte de algunas direcciones. Las órdenes, algunas veces amenazas veladas, exigían una entrega total del profesorado para que usaran sus propios teléfonos y números personales, incluso fuera del horario laboral. Algunos y algunas docentes hicieron uso de las herramientas sindicales para dejar claras las líneas rojas: trabajamos para dignificar la escuela pública, pero no a costa de nuestra dignidad.

Y ahora, ¿qué?

Todavía está por conocerse el verdadero impacto del Covid-19 en términos económicos, sociales y laborales. Lo que es cierto es que la pandemia ha puesto sobre la mesa la importancia capital que juegan el mundo del trabajo y los servicios públicos. Sin embargo, esto no basta. Nos toca hacer pedagogía y trabajar con esfuerzo para construir un sistema educativo robusto, a prueba de epidemias y gobiernos enemigos de lo público.

La Federación de Enseñanza de CCOO tiene un largo recorrido, pero también mucho margen para mejorar. Especialmente en esta coyuntura que abre el periodo congresual. En cualquier caso, con independencia del camino que se escoja colectivamente, el horizonte debe ser el siguiente: reforzar las señas de identidad del sindicato, como son la cercanía en el trato con los trabajadores y las trabajadoras, combinando una atención presencial segura y a distancia; desarrollar una campaña de afiliación entre la juventud, al tiempo que se promocionen los cuadros más jóvenes en la estructura del sindicato para lograr dos objetivos, incorporar y mejorar la política de comunicación y educar a una nueva generación de sindicalistas que tomen el relevo de la organización en el futuro; por último, desplegar todos las energías posibles para hacer cumplir la máxima de una enseñanza pública de calidad y segura para todos y todas.

Armémonos de unidad, organización y generosidad para cumplir las tareas que nos quedan por delante.

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