¿Qué habría pasado si…?

COMO PARTE DE LA PRIMERA GENERACIÓN DE MI FAMILIA que ha podido asistir a la Universidad, me encuentro bastante orgullosa de que cada vez está más universalizado y se vaya materializando el cántico histórico del “hijo del obrero a la universidad”.

A pesar de ello, la cuestión económica y la barrera que construye la desigualdad de clase continúan dificultando su acceso a gran parte de la juventud trabajadora, lo que se intensifica cuando otros factores como el género, el origen o la etnia entran en juego.

Nunca he recibido una beca. Aunque este año vamos a vivir, por fin, una rebaja de los precios universitarios, durante estos tres años el coste de la matrícula ha rondado los 1.800 euros, siendo mi carrera de las más baratas: Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Puedo decir que he tenido la suerte de que mis padres hayan podido pagarme parte de mis estudios, pero esto no ha evitado que tuviese que trabajar para costearme los materiales o el transporte. Los empleos a los que accedes teniendo 18 años, sin experiencia laboral y a jornada parcial, son de una precariedad extrema y que, sin tapujos, podríamos describir como explotación laboral, donde a más de uno se le caería el chiringuito con una inspección laboral.

Horas extras no pagadas, jornadas interminables, contratos en fraude de ley, condiciones nefastas… Las empresas se aprovechan de la necesidad de las y los jóvenes estudiantes que buscan una independencia económica respecto a sus familias o para poder hacer frente a gastos como los estudios, el alquiler o el transporte, como también de que la mayoría de los contratos son temporales, lo que dificulta su sindicalización.

Haber tenido que trabajar durante gran parte de mis estudios porque no he recibido beca ha llegado a afectar no solamente a mi salud mental, sino también a mi expediente académico, ya que es muy difícil poder llegar a todo, más si estás participando en la organización de sindicatos y asambleas estudiantiles. Esta situación puede convertirse en un factor importante a la hora de acceder a reducciones por méritos académicos y posteriormente a becas en másteres y doctorados.

A punto de empezar mi último año en la carrera, hay veces en que me pregunto ¿qué habría pasado si no hubiese tenido la necesidad de trabajar durante estos cuatro años y me pudiese haber dedicado completamente a mis estudios? La respuesta me llegó durante la cuarentena, al poder dedicar mi tiempo completo a la Universidad, lo que se vio reflejado en que pude subir mi media. ¿Habría sido igual si el acceso a la universidad estuviese realmente garantizado o si tuviésemos un sistema educativo realmente público, gratuito y de calidad, y si los hijos de los obreros que fueron a la universidad no nos tuviésemos que preocupar por ser una carga económica para nuestras familias?

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Lucía Aliagas

Estudiante de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona